Octubre - Entre la inestabilidad perceptual y el arraigo del habitar

Entre la inestabilidad perceptual y el arraigo del habitar: una reflexión sobre la experiencia arquitectónica contemporánea

D. Alexander Amado Amortegui​

La tensión entre la arquitectura perceptual —un espacio caracterizado por su inquietud, discontinuidad y dinamismo perceptivo— y la noción tradicional del habitar como fundamento existencial del ser humano constituye el eje central del análisis del espacio arquitectónico contemporáneo. Este análisis parte de la exploración sistemática de cómo la percepción moldea la experiencia: proyectos que fragmentan la mirada, desplazan el cuerpo o introducen rupturas visuales obligan al habitante a reconstruir lo observado y a redefinir su relación con el entorno, concibiendo la espacialidad como un fenómeno en constante transformación.
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De este modo, surge la dicotomía central del análisis:
El espacio que sorprende frente al espacio que sostiene.
La arquitectura perceptual moviliza, mientras que la arquitectura del habitar arraiga.
En síntesis, estas dos fuerzas, movilizadora y arraigadora, coexisten y, al mismo tiempo, se oponen. Es precisamente en esta oposición donde se manifiesta la verdadera profundidad del espacio arquitectónico.
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Martin Heidegger introduce un elemento fundamental para comprender esta tensión. En “Construir, habitar, pensar”, sostiene que habitar constituye la forma esencial de la existencia humana en el mundo: no implica únicamente ocupar un lugar, sino permitir que el mundo se manifieste. De este modo, construir no se limita a la creación de objetos físicos, sino que implica generar condiciones, ofrecer cobijo, vincular y sostener. El desafío surge al contrastar esta perspectiva con la arquitectura perceptual: si este espacio se fundamenta en la ruptura y el movimiento, ¿cómo puede responder a la necesidad de arraigo planteada por Heidegger? ¿De qué manera se habita aquello que tiende a desestabilizar?
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La respuesta no consiste en descartar una postura en favor de la otra, sino en analizar cómo ambas se complementan a través de la corporalidad y el horizonte. Jan Patočka, al considerar el movimiento y el cuerpo como núcleo constitutivo de la experiencia humana, aporta una perspectiva esencial: la percepción no es un acto exclusivamente visual, sino una transformación continua de la relación del cuerpo con el horizonte del mundo. Cada desplazamiento corporal organiza un nuevo orden espacial. Desde esta perspectiva, los espacios que exploran la percepción no contradicen el habitar; lo problematizan, lo expanden y lo multiplican. Evidencian que el habitar es también dinámico y se reconstruye continuamente mediante los gestos corporales.
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La obra de Eduardo Chillida introduce una dimensión adicional de complejidad. Su escultura no se fundamenta en la inestabilidad, sino en la densidad del vacío. Para Chillida, el espacio no se mide, sino que se acoge; utiliza el aire como material, lo delimita y lo tensa, dotándolo de una cualidad casi tangible. Sus obras demuestran que el vacío constituye una presencia poderosa, no una mera ausencia. En este caso, el espacio impacta no por su transformación, sino por su profundidad y su capacidad de anclar el cuerpo en la quietud.
En la obra de Chillida, la percepción no implica ruptura, sino que se manifiesta como una gravedad existencial.
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Mientras lo perceptual altera, lo chillidiano concentra.
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Por el contrario, Jorge Oteiza propone un vacío de naturaleza distinta: un vacío activo, casi violento, que elimina la masa para revelar una ausencia tensada. Su concepto de la “máscara de la ausencia” demuestra que el espacio puede desestabilizarse a través del vaciamiento. En la obra de Oteiza, el vacío se transforma en una fuerza que interrumpe la continuidad del mundo, obligando al cuerpo a interrogar lo que está ausente. Así, Chillida y Oteiza refuerzan la dicotomía inicial:
Un vacío que arraiga frente a un vacío que desgarra.
Ambos, sin embargo, amplían el ámbito perceptual al situarlo en un marco existencial de mayor profundidad.
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Luis Barragán introduce un contraste adicional. Emplea la luz y el color para intensificar la percepción emocional, siempre desde la perspectiva del refugio. Barragán explora la percepción orientándola hacia la intimidad, el silencio y la protección corporal. Un ejemplo relevante es su casa-estudio, donde la luz y el color envuelven el espacio y ralentizan el tiempo, sin buscar la desorientación. En la obra de Barragán, los juegos perceptuales conducen a la contemplación y demuestran que el espacio puede explorar la percepción sin perder su arraigo.
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Por su parte, Álvaro Siza introduce la noción de horizonte fragmentado. Sus obras, como las piscinas de Leça o sus esculturas de hierro, evidencian que el espacio perceptual emerge a partir de cortes que encuadran el mundo y orientan la experiencia. Siza no fragmenta con el objetivo de desorientar, sino de reforzar la conexión con el exterior. Sus proyectos revelan el horizonte progresivamente, en la medida en que el cuerpo avanza.
El espacio perceptual se transforma en un ámbito de descubrimiento gradual, casi ritual.
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En síntesis, la tensión entre el espacio perceptual y el espacio habitado no debe resolverse, sino mantenerse. La arquitectura significativa reconoce que el cuerpo requiere tanto desplazamiento como intimidad, sorpresa y refugio, inestabilidad y arraigo. La percepción, al convertirse en acontecimiento espacial, no niega el habitar, sino que lo amplía y lo profundiza. De este modo, la arquitectura trasciende la mera configuración formal y se convierte en un mecanismo existencial que transforma la relación con el mundo.

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