Cuerpo percepción y espacio, Octubre
Ian Sanabria Cuerpo,
espacio y arquitectura. A veces se dice que la arquitectura es solo un
recubrimiento, algo externo a nosotros, un refugio necesario pero ajeno, casi
como una capa que nos protege sin realmente tocarnos. Pero pensarlo así es
reducirla a algo superficial. La arquitectura no es un envoltorio: es una
condición de vida, la estructura más íntima en la que una persona existe día
tras día. No es solamente el lugar donde se vive, sino el conjunto de espacios
que habitamos constantemente. Por eso, siguiendo a Merleau Ponty, cuando él
afirma que el cuerpo no es un objeto dentro del mundo sino el punto desde el
cual el mundo se abre, me pregunto qué tipo de mundo están abriendo hoy los
espacios que habitamos. Qué atmósfera estamos construyendo. Por qué tantos
lugares se sienten hostiles, fríos o indiferentes.
Quiero pensar en esto desde un
ejemplo cercano: las ciudades contemporáneas, como Bogotá. Por qué parece que
toda la ciudad está hecha para luchar contra el sujeto. No solo la ciudad en su
totalidad, sino cada pequeño espacio que la compone. Una vía, un andén, un
edificio público, un aula universitaria. La experiencia cotidiana es la de un
cuerpo que debe sobrevivir a la ciudad, no vivir en ella. La inseguridad, el
ruido, la falta de cuidado y la rapidez obligada hacen que el espacio se viva
como un obstáculo. Impresiona que las ciudades modernas no logren adaptarse a
la persona como sujeto y que sea el sujeto quien debe adaptarse a ellas, casi
forzando su presencia en un entorno que lo ignora.
Sin embargo, también pienso que
esta percepción no es del todo negativa. La ciudad no es un bloque homogéneo.
Cada persona la explora desde su propia experiencia. A través de los sentidos,
cada uno construye una versión distinta de la ciudad que recorre. Incluso una
ciudad que no fue diseñada pensando en el sujeto termina generando una sorprendente
variedad de atmósferas. Hay lugares que, sin haber sido pensados como espacios
sensibles, adquieren alma porque el sujeto colectivo les ha otorgado un
sentido. Y al mismo tiempo entristece encontrar espacios sin dueño, sin
memoria, sin hospitalidad. Zonas donde las experiencias no germinan y el
espacio se siente vacío, sin aroma ni calidez humana.
Cuando hablo de espacios más
concretos y no solo de la ciudad como totalidad, pienso que la intuición del
creador se vuelve decisiva. Me cuesta creer que exista una teoría exacta o unos
pasos definitivos para diseñar espacios que realmente se ajusten al sujeto.
Incluso parece un error intentar formularlos. Las experiencias personales no se
explican: se viven, y desde ese vivir se proyectan. Crear un espacio que
permita la introspección, el descubrimiento y el encuentro sensible con uno
mismo me parece una de las tareas más importantes de la arquitectura.
Y antes de dejar atrás el tema de
la ciudad, quiero recalcar que su experiencia no es estática. La ciudad es una
secuencia de transiciones, pausas y aperturas. Su fuerza está en el recorrido,
en la manera en que el cuerpo la atraviesa, escucha, huele y mira. A pesar de
la prisa, el tráfico y la dureza material, la ciudad es un organismo vivo, tan
vivo como el sujeto que la habita. Al recorrerla, uno siente que se convierte
en una extensión de la propia experiencia, un mosaico de emociones personales y
colectivas que se mezclan a cada paso. La ciudad no es solo el fondo donde
ocurre la vida. Es parte de lo que la vida es.
Pienso que parte esencial de lo
que se imprime en los espacios tiene que ver con la capacidad de darles
calidez. Crear un lugar no es solo diseñarlo para el sujeto, sino lograr que el
sujeto sienta que puede apropiarse de él. De qué sirve que un espacio se ajuste
a la persona si esa persona no se permite vivir experiencias allí. La relación
es recíproca. Así como el espacio se adapta al cuerpo, el cuerpo debe abrirse a
sentirlo. Al final, es la vida misma la que define cómo habitamos y experimentamos
los lugares que nos rodean.
Quiero también insistir en el
valor de los espacios que permiten la introspección, como sugiere Oteiza cuando
habla de vacíos que invitan a descubrirse. Esos lugares que se ajustan a lo
íntimo de cada persona y a lo más profundo de su alma son esenciales. Un
espacio que provoca silencio, que abre preguntas y que acompaña emociones tiene
una profundidad que va más allá de lo material. Me parece que permitir que
existan estos lugares y ser capaces de crearlos es uno de los propósitos más
valiosos que puede tener la arquitectura.
En ese sentido, crear un espacio
con esencia, un espacio que proyecte algo y que permita un entendimiento
personal, es quizá uno de los mayores halagos que puede recibir un arquitecto.
No se trata solamente de diseñar bien, sino de dejar un lugar que pueda ser
vivido, sentido y apropiado. Un lugar donde alguien pueda reconocerse. Cuando
un espacio logra despertar esa experiencia en quien lo habita, entonces la
arquitectura cumple su verdadera razón de ser.
Tu texto me hizo pensar bastante en cómo la arquitectura deja de ser fondo y se vuelve parte de la vida misma, Cuando mencionas a Merleau Ponty se entiende por qué muchos espacios, sobre todo en ciudades como Bogotá, se sienten casi en contra del cuerpo, como si uno tuviera que forzarse para existir ahí.
ResponderEliminarIgual es curioso cómo cada quien arma su propia ciudad a partir de pequeñas experiencias, incluso en lugares que no fueron pensados para ello, algo parecido a la cueva y el nido de fujimoto en cual narra que la cueva es la buena arquitectura la que no es pensada para habitar pero se desglosa la forma en la que se habita conforme se experimenta el lugar, por otro lado, comparto la idea de que no hay una receta para diseñar algo que realmente acompañe: esos espacios que permiten silencio o introspección, como los que menciona Oteiza, nacen más de lo vivido que de lo técnico, Al final, lo que dices sobre la apropiación es lo que más trasciende; un espacio solo tiene sentido cuando alguien logra sentirse parte de él.
Su análisis presenta una reflexión sensible y bien articulada sobre la relación entre el sujeto y el espacio. La manera en que analiza la ciudad como un entorno que a veces exige resistencia, pero que también permite múltiples atmósferas según la experiencia individual está bien lograda. Además, su énfasis en la calidez, la apropiación y la creación de espacios introspectivos resalta con claridad la dimensión humana de la arquitectura.
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