CUERPO Y ESPACIO - OCTUBRE - LA MASCARA DE LA AUSENCIA

OCTUBRE 2025-2

SEBASTIAN OVIEDO 


Octubre me llevó a pensar la arquitectura desde un lugar más profundo, casi íntimo. Lo que antes entendía como la relación entre cuerpo y espacio ahora se amplía hacia una reflexión sobre el vacío, la ausencia y la interioridad humana gracias a Jorge Oteiza. Entre todos los autores, es él quien terminó marcando la línea más potente de interpretación. Sus textos La máscara de la ausencia y El vacío del otro me obligaron a ver la arquitectura no solo como configuración de espacio, sino como un acto que toca algo esencial en nosotros: aquello que no vemos, pero sentimos; aquello que no está, pero nos forma.

Oteiza entiende el vacío no como una carencia, sino como un lugar vivo, un ámbito donde el ser humano se reconoce. Su pensamiento gira en torno a liberar la materia para que aparezca el espíritu, para que el espacio interior —ese que no tiene forma física— pueda manifestarse. En su visión, la ausencia no es lo que falta, sino lo que espera. Esto me llevó a leer al resto de los autores desde otro ángulo: no desde la típica relación entre cuerpo y espacio, sino desde cómo cada uno se aproxima, directa o indirectamente, a la idea de un vacío que nos constituye.

En este sentido, Merleau-Ponty aparece como un aliado teórico de Oteiza. Aunque su enfoque es fenomenológico, también entiende el cuerpo como un centro de percepción y no como un simple objeto. Para él, la experiencia del espacio nace desde dentro, desde una sensibilidad encarnada que organiza el mundo. Lo interesante es que esta visión coincide con lo que plantea Oteiza, pero desde una dimensión más existencial: si Merleau-Ponty afirma que el cuerpo da sentido al espacio, Oteiza parece sugerir que ese cuerpo también es habitado por un vacío que lo vuelve humano. Ambos colocan al sujeto en el centro, pero Oteiza lleva la reflexión hacia un espacio interior que vibra incluso antes de proyectarse hacia el exterior.

Giedion y Zevi también ayudan a expandir esta mirada. Ellos diferencian entre el espacio objetivo —medible y representable— y el espacio subjetivo —vivido y temporal. Su insistencia en que la arquitectura no se capta de una sola mirada, sino en un recorrido, conecta muy bien con Oteiza. Porque, al final, el vacío del que él habla también es algo que se descubre en el tiempo, como una presencia silenciosa que se revela mientras uno se mueve. Zevi, especialmente, insiste en “saber ver la arquitectura desde adentro”, y esto me recordó mucho esa interioridad oteiciana, ese espacio que no se ve, pero se siente.

Cuando paso a la arquitectura moderna, encuentro nuevas formas de relacionarse con el vacío. Le Corbusier, aunque no lo nombra, intenta liberar el espacio mediante la planta libre, las ventanas longitudinales y la fluidez del recorrido. En la Villa Savoye, el cuerpo se desplaza sin interrupciones, y este movimiento hace aparecer una sensación de amplitud que podría leerse como un vacío funcional. Aunque Le Corbusier piensa más desde lo técnico, es inevitable ver una coincidencia con Oteiza: ambos entienden que el espacio adquiere sentido cuando permite respirar, cuando abre.

Loos, en cambio, con su idea del Raumplan, ofrece un vacío más interior, más íntimo. La arquitectura no sucede en la fachada, sino dentro, organizada como volúmenes conectados que se recorren con el cuerpo. Esta importancia del interior me recordó directamente a Oteiza. En ambos existe esta idea de que la esencia del habitar no está afuera, ni en lo que se muestra, sino en lo que se siente adentro. Loos quiere “templar” el espacio; Oteiza quiere desocuparlo para que algo esencial suceda. Ambos, desde lugares distintos, coinciden en que el interior es siempre el verdadero protagonista.

Heidegger también se cruza con esta conversación desde su propia filosofía. En “Construir, habitar, pensar”, él propone que el acto de construir nace del habitar. Habitar es pertenecer y estar en el mundo de una manera auténtica. Esta idea, sin proponérselo, conecta profundamente con lo que plantea Oteiza: el espacio no es un contenedor, sino una condición existencial. Heidegger habla de crear lugares para el ser; Oteiza abre huecos donde el ser pueda manifestarse. Ambos coinciden en que la arquitectura debe permitir que algo esencial emerja, aunque uno lo diga desde la filosofía y el otro desde el arte.

Álvaro Siza trabaja esto desde su relación con el paisaje. En Fragmentos de horizonte y en las Piscinas de Leça, su arquitectura se adhiere al terreno en un gesto mínimo, casi silencioso. Él no añade, sino que acompaña. Eso me hizo pensar en Oteiza nuevamente, en su idea de liberar más que llenar. Siza revela el vacío del paisaje, lo permite aparecer. Su arquitectura se convierte en un mediador entre cuerpo y horizonte.

Peter Zumthor, por su parte, explora la experiencia sensorial desde un acercamiento casi alquímico. En La estrategia del alquimista o en las Termas de Vals, lo táctil, lo térmico y lo acústico generan un espacio donde el cuerpo parece recogerse. Zumthor crea atmósferas que envuelven, que invitan al silencio y a la introspección. Y ahí vuelve a aparecer Oteiza: ambos entienden que los espacios que verdaderamente tocan al ser humano son aquellos donde la materia deja de imponerse y se vuelve una presencia ligera, casi transparente.

Antony Gormley también aporta desde la escultura una reflexión que se acerca a la de Oteiza. En Eso soy yo, el cuerpo se vuelve una cavidad, un contenedor de espacio, como si cada figura fuera la huella de una ausencia. Gormley trabaja con el vacío dentro del cuerpo humano, y eso lo vincula directamente con la pregunta oteiciana por el espacio interior. Ambos comparten esa preocupación por lo que no se ve, pero define.

Comentarios

  1. Me parece que le texto refleja una visión realmente interesante sobre la arquitectura, al enfocarse en el vacío no como algo vacío, sino como un espacio lleno de potencial y significado, y la transversalidad que se establece con las ideas de los diferentes autores, mostrando que el espacio no es solo algo que ocupamos, sino algo que logra definirnos y nos permite reconocernos. De igual manera la idea de que el vacío es un lugar que "espera" a ser llenado por lo esencial es algo que lleva a pensar como ciertos espacios pueden influir profundamente en nuestra experiencia emocional e interior. Que en síntesis lleva a ver la arquitectura de una forma más profunda, no solo como un espacio físico, sino como algo que puede tocarnos a nivel más emocional y existencial.

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