OCTUBRE 2025
MANUEL FERNANDO RUIZ ALFONSO
La Dialéctica del Ser en la Forma: Opinión sobre El Cuerpo,
El Espacio y La Arquitectura
El estudio del programa “El Cuerpo, El Espacio y La
Arquitectura” en mi opinión trasciende el ámbito técnico y se adentra en una
exploración filosófica de la existencia humana. Lejos de reducirse a una
cuestión constructiva, el curso invita a reflexionar sobre la forma en que
habitamos el mundo, cómo nos relacionamos con el entorno y de qué manera la
arquitectura se convierte en una extensión sensible del cuerpo. Las ideas de
Jorge Oteiza, Peter Zumthor y Álvaro Siza proponen tres modos de entender esta
relación: el vacío metafísico, la experiencia sensorial y la reconciliación con
el paisaje. En conjunto, estos enfoques conforman una dialéctica donde la
arquitectura se presenta como el espacio de diálogo entre lo material y lo
espiritual, entre la razón y la emoción.
Jorge Oteiza representa el extremo más abstracto de esta
tríada. Su reflexión no parte de la construcción, sino de la desocupación del
espacio. Oteiza entiende el arte como un medio de búsqueda espiritual y no como
un fin estético. Su “vacío” no es un hueco físico, sino un estado de plenitud
interior. En su obra escultórica, intenta liberar al espacio de su carga
material, desmontando las formas geométricas tradicionales para alcanzar una
pureza existencial. Esta visión lo lleva a formular una “estética negativa”:
una manera de crear a partir de la ausencia, de entender el arte como un
vehículo hacia el silencio y la trascendencia.
Para Oteiza, el cuerpo es una metáfora del ser en espera de
despertar. Lo concibe como un recipiente que necesita ser activado por el arte.
Su pensamiento me resulta provocador porque pone en evidencia la distancia
entre el espacio habitado por el cuerpo y el espacio espiritual que busca la
conciencia. Sin embargo, también revela una tensión: al renunciar a la emoción
sensorial, su propuesta se aleja de la experiencia arquitectónica cotidiana. Su
vacío es un templo para la mente, pero quizá no un refugio para el cuerpo.
En el extremo opuesto se encuentra Peter Zumthor, cuya
arquitectura reivindica el valor de los sentidos. Frente al silencio metafísico
de Oteiza, Zumthor propone una poética del tacto, del olor, del sonido y de la
temperatura. Para él, el espacio arquitectónico debe seducir al cuerpo, no
abstraerse de él. Cada material, cada textura y cada variación de la luz tienen
un papel en la composición emocional del lugar. Su arquitectura no busca
dominar al visitante, sino acompañarlo.
Me parece que Zumthor entiende la arquitectura como un acto
de hospitalidad. Al diseñar, busca “afinar” el espacio, hacerlo resonar con la
memoria y la sensibilidad de quien lo habita. Los materiales locales son
esenciales en su obra, no solo por su valor estético, sino porque contienen una
historia: una huella del tiempo que se transmite al presente. En su trabajo, el
cuerpo humano deja de ser un concepto abstracto y se convierte en un
instrumento de percepción activa. El visitante no contempla el espacio; lo
siente, lo recorre, lo habita.
Entre la pureza trascendente de Oteiza y la sensualidad
terrenal de Zumthor se encuentra Álvaro Siza, cuya obra representa un punto de
equilibrio. Siza no busca vaciar ni exaltar el espacio, sino reconciliarlo con
su entorno. Su arquitectura respira respeto por el paisaje y por la medida
humana. Me impresiona cómo logra que lo construido dialogue con lo natural sin
intentar imitarlo. En obras como las Piscinas de Leça, el límite entre lo
artificial y lo natural se diluye de forma poética. El hormigón, un material
moderno y duro, se adapta al relieve costero con una humildad que asombra.
En este proyecto, la arquitectura se convierte en una
experiencia corporal completa. Siza controla el acceso mediante rampas y
pasillos que restringen la vista, obligando al visitante a escuchar, a oler, a
sentir. Solo al final, cuando el cuerpo ha atravesado la penumbra, se abre el
horizonte del mar. El momento en que la piscina y el océano parecen confundirse
genera una sensación de infinito que trasciende lo físico. Aquí, el cuerpo no
solo ocupa un espacio: se reencuentra con su pertenencia al mundo.
A mi juicio, las Piscinas de Leça sintetizan el verdadero
propósito de la arquitectura: construir una mediación entre el hombre y su
entorno, entre lo visible y lo invisible. Siza demuestra que la arquitectura
moderna no necesita imponerse al paisaje para ser significativa. Su fuerza
reside precisamente en la contención, en la capacidad de desaparecer dentro de
la experiencia del usuario.
En este sentido, considero que la dialéctica entre Oteiza,
Zumthor y Siza ilustra tres modos complementarios de comprender la
arquitectura. Oteiza invita al pensamiento, Zumthor a la emoción y Siza a la
síntesis. El vacío, la atmósfera y el límite son distintas maneras de buscar lo
mismo: una forma de habitar el mundo que reconcilie cuerpo y espíritu. Mi
reflexión final es que la arquitectura, cuando se entiende desde esta
profundidad, deja de ser un simple ejercicio de diseño para convertirse en un
acto de conciencia. Construir es, en el fondo, una manera de pensar el ser.
Tu reflexión sobre la dialéctica del ser en la arquitectura me parece muy acertada, porque logra conectar la teoría con la experiencia real de habitar. La forma en que presentas a Oteiza, Zumthor y Siza no como posturas aisladas, sino como partes de un mismo sistema de pensamiento, le da mucha fuerza a tu argumento. Personalmente, me identifico más con la aproximación de Zumthor y Siza, pues siento que la arquitectura, para ser realmente significativa, debe partir de lo sensorial y lo corpóreo. Oteiza aporta una profundidad conceptual invaluable, pero su búsqueda del vacío me resulta algo distante para la vida cotidiana; es como un ideal filosófico admirable, pero que en la práctica puede sentirse frío. En cambio, Zumthor entiende que el espacio se vive a través de los sentidos: el tacto de los materiales, la calidez de la luz, el sonido ambiente. Esa capacidad de crear atmósferas que nos envuelven y nos hacen conscientes de nuestro propio cuerpo es, para mí, uno de los mayores logros de la arquitectura. Y ahí es donde Siza completa el círculo, porque su obra demuestra que esa experiencia sensorial puede integrarse con el paisaje de un modo respetuoso y casi invisible. Esa contención que mencionas, esa capacidad de hacer que lo construido dialogue sin imponerse, me parece el tipo de arquitectura que realmente necesitamos hoy: una que no hable más que el lugar que ocupa, pero que enriquezca la forma en que lo sentimos. Al final, como bien señalas, se trata de un acto de conciencia. Construir no es solo resolver un problema técnico, sino crear las condiciones para que el cuerpo y el espíritu encuentren su lugar en el mundo. Tu texto captura eso con claridad y hondura, y eso es lo que lo hace tan valioso.
ResponderEliminarMe gusta mucho ver que existen dos extremos bastantes distanciados como son Oteiza y Zumthor, y como hay un punto medio que sera Siza que es capaz de interpretar las dos miradas que se tienen sobre la sensibilidad del espacio, y las logra articular en un punto medio de monumentalidad y sensibilidad espacial, siendo honesto me inclino mas por la terrenalidad de Zumthor, y como le permite al espacio tener esa hospitalidad y casi que un sentimiento propio al momento de crearlo, el permitirle estos espacios sentirse tan familiar, me parece mucho mas clave, en conclusión me parece muy acertada y aterrizado tu comentario sobre el espacio y las diferentes miradas que se le pueden dar al mismo tema
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