Septiembre - Cuerpo y espacio: arquitectura en una experiencia encarnada
Pabel Steven Riobo Roa
Cuerpo y espacio: arquitectura en una experiencia encarnada
La arquitectura no puede entenderse únicamente como una técnica constructiva ni como una práctica estética desligada del sujeto. Es, ante todo, una forma de pensamiento encarnado, una manifestación de cómo el ser humano se relaciona con el mundo a través de su cuerpo. Esta idea, que hoy parece intuitiva para muchos arquitectos contemporáneos, fue formulada con profundidad por August Schmarsow en su conferencia de 1893, La esencia de la creación arquitectónica. Allí, el historiador alemán propone que la arquitectura no nace de la materia ni de la técnica, sino de la experiencia espacial que el cuerpo genera al habitar. El espacio, según Schmarsow, no se impone al sujeto: brota desde él, se organiza a partir de su postura, su mirada, su desplazamiento. En lugar de concebir la arquitectura como una suma de muros, techos y columnas, Schmarsow la define como Raumgestalterin, la creadora de espacio. Lo esencial no está en los elementos físicos, sino en la forma en que estos delimitan, orientan y activan la percepción del sujeto. El eje vertical del cuerpo humano de la cabeza a los pies se convierte en el punto de partida para la organización espacial. La dirección de la mirada, el sentido de la profundidad, la apertura de los brazos: todos estos gestos corporales configuran la arquitectura desde adentro, como una proyección de la interioridad sobre el entorno (Schmarsow, 1893/2025).
Frente a posturas como la de Eduard von Hartmann, quien consideraba la arquitectura como una disciplina subordinada a la ingeniería (von Hartmann, 1887), Schmarsow propone una estética del interior. No se trata de adornar estructuras funcionales, sino de comprender cómo el espacio se convierte en experiencia vivida. Esta visión encuentra una expresión tangible en obras que no buscan imponer formas perfectas, sino provocar sensaciones. Un ejemplo paradigmático es la Capilla de Notre-Dame du Haut, diseñada por Le Corbusier en 1955 en Ronchamp, Francia. En esta capilla, el recorrido del visitante se convierte en parte esencial de la obra. La topografía obliga a caminar con lentitud, a sentir la pendiente, el viento, la textura del terreno. Antes de entrar, el cuerpo ya ha sido convocado por el paisaje. Los muros curvos parecen abrazar al visitante, mientras la cubierta se eleva como una concha protectora. Al interior, la luz se filtra por aberturas irregulares, coloreando las superficies y generando un ambiente que cambia con cada paso. Nada permanece estático: el espacio se transforma con el movimiento, con la mirada, con la luz. Es una arquitectura que se vive, no solo se contempla (Le Corbusier, 1955).
Le Corbusier logra aquí materializar la idea de Schmarsow: la arquitectura como prolongación del cuerpo. Cada elemento parece pensado para ser sentido. La verticalidad del espacio interior remite a la postura humana; la profundidad del altar guía la mirada hacia adelante; la luz descendente refuerza la sensación de altura y dirige la atención hacia lo espiritual. El espacio adquiere sentido solo cuando alguien lo habita, lo recorre, lo interpreta con sus propios sentidos. No es un objeto, sino una atmósfera envolvente, una experiencia que se completa con la presencia del cuerpo. Esta visión del espacio como experiencia encarnada no solo transforma la arquitectura, sino también la comprensión del ser humano. Schmarsow sugiere que al proyectar su interioridad sobre el entorno, el hombre crea una extensión de sí mismo. En Ronchamp, esa idea se percibe en la relación entre cuerpo, luz y silencio. El visitante no se enfrenta a un monumento, sino que se sumerge en una atmósfera donde el tiempo parece detenerse. El muro deja de ser una barrera para convertirse en un límite sensible; la luz se vuelve símbolo; el espacio, antes vacío, se transforma en presencia. La arquitectura, entonces, se convierte en un medio para hacer visible lo invisible: la conexión entre percepción, emoción y habitar.
En un contexto contemporáneo donde el diseño arquitectónico suele medirse en términos de eficiencia, tecnología o rentabilidad, el pensamiento de Schmarsow adquiere una nueva vigencia. Recordar que el cuerpo es el origen del espacio significa devolverle a la arquitectura su dimensión humana. Obras como la capilla de Ronchamp muestran que lo esencial no está en la forma ni en la técnica, sino en la capacidad de generar una experiencia significativa. El espacio no se define por lo que contiene, sino por lo que hace sentir. Cuando la arquitectura dialoga con el cuerpo y despierta su memoria física, deja de ser un objeto para convertirse en una experiencia vital. Por eso, tanto Schmarsow como Le Corbusier coinciden en que la verdadera arquitectura nace del encuentro entre cuerpo y espacio. Cada muro, cada vacío, cada rayo de luz refleja nuestra manera de estar en el mundo. Habitar implica sentir, y sentir es la base de toda creación arquitectónica. La arquitectura no solo protege ni decora: nos permite reconocernos en el espacio que construimos. En última instancia, cuando el cuerpo se integra con el entorno, la arquitectura se vuelve un espejo de la vida misma, una forma de pensamiento material que transforma lo cotidiano en conciencia y pertenencia.
Referencias
Le Corbusier. (1955). Chapelle Notre-Dame du Haut [Capilla]. Ronchamp, Francia.
Schmarsow, A. (1893/2025). La esencia de la creación arquitectónica (C. Naranjo, Trad.). Universidad de Leipzig. Traducción inédita, Universidad Nacional de Colombia.
von Hartmann, E. (1887). Gehört die Baukunst zu den freien Künsten? Gegenwart, 32(4), 45–52.
Pensar la arquitectura desde el cuerpo cambia por completo cómo entendemos los espacios. Schmarsow insiste en que el espacio no nace de los muros, sino de la experiencia de quien lo habita, y eso me parece totalmente cierto. Uno puede estudiar plantas y detalles constructivos, lo cual si es válido y funcional en términos constructivos, pero después de esto lo que realmente queda es la experiencia al visitar el proyecto concluido. Por ejemplo en Ronchamp, Le Corbusier no diseñó una capilla para ser admirada a distancia, sino para ser vivida. Cuando ingresas, todo te obliga a percibir el espacio con atención, casi como si el edificio te enseñara a como ser recorrido. Ahí es donde uno entiende que la arquitectura es una experiencia. Cuando un edificio logra despertar sensaciones y crear atmósferas, ya está cumpliendo con lo esencial: hacernos conscientes de cómo habitamos el mundo.
ResponderEliminarEstoy de acuerdo cuando mencionas que “la arquitectura no puede entenderse únicamente como una técnica constructiva”, porque siento que en la carrera muchas veces nos quedamos atrapados en los planos, los reglamentos y la resolución técnica, olvidando que el origen del espacio está en cómo lo percibimos y lo habitamos, comparto lo que dices sobre Schmarsow y su idea de que el espacio “brota desde el sujeto”, Esa afirmación me parece clave, porque pone al cuerpo como el verdadero generador del espacio y no a la forma o a la estructura.
ResponderEliminarCuando hablas de Ronchamp y mencionas que “el recorrido del visitante se convierte en parte esencial de la obra”, creo que ahí se evidencia perfectamente esa idea de la experiencia encarnada, Me parece muy acertado cómo explicas que la pendiente, el viento y la luz van preparando al visitante incluso antes de entrar, porque eso demuestra que la arquitectura empieza antes del edificio mismo y que el espacio se completa con el movimiento y la percepción. También estoy de acuerdo cuando dices que “el espacio se transforma con el movimiento”, ya que esa es una de las cosas que más me interesa de la arquitectura; su capacidad de cambiar según quien la recorre.
aunque no estoy tan de acuerdo cuando planteas que “lo esencial no está en los elementos físicos”. Siento que los elementos sí son esenciales, solo que su valor no está en su presencia material sino en cómo logran activar la experiencia. Aun así coincido con la idea general de que la arquitectura adquiere sentido cuando genera una conexión sensible con el cuerpo y hace que el habitar se vuelva una experiencia consciente.
Mostraste una idea que, personalmente, me parece muy interesante: ver la arquitectura como algo que nace del cuerpo y no solo de la técnica. Siento que logras explicar bien cómo, para ti, lo importante no es la construcción en sí, sino la experiencia que vive la persona dentro del espacio. Eso me pareció muy acertado, porque muchas veces la arquitectura se analiza solo desde lo visual y no desde lo que hace sentir.
ResponderEliminarTambién noto que en tu reseña realmente valoras la propuesta de Schmarsow. Se nota que estás de acuerdo con él cuando dices que el espacio no se impone, sino que sale del sujeto. A mí me parece que explicas eso de una forma muy clara, sobre todo cuando mencionas cómo la postura, la mirada o el movimiento influyen en la manera de entender un lugar.
Cuando hablas de la capilla de Ronchamp, transmites que esa obra te impacta precisamente porque conecta con esa idea de “arquitectura que se vive”. Se siente que para ti la capilla no es solo un edificio bonito, sino un lugar donde el cuerpo y el espacio se mezclan de una forma muy especial.
La lectura explica que la arquitectura no es solo técnica ni forma, sino una experiencia que nace del cuerpo y de cómo éste percibe y habita el espacio. Schmarsow plantea que el espacio arquitectónico surge desde el movimiento, la postura y la mirada del ser humano, y que lo esencial no son los muros sino la manera en que orientan y activan nuestra percepción. Esta idea se hace clara en la Capilla de Ronchamp de Le Corbusier, donde el recorrido, la luz y las formas curvas convierten la obra en una experiencia sensorial: el espacio cambia con cada paso y cobra sentido solo cuando es vivido.
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