Octubre - Cuerpo, percepción y espacio en la mirada fenomenológica de Merleau-Ponty
Pabel Steven Riobo Roa
Cuerpo, percepción y espacio en la mirada fenomenológica de Merleau-Ponty
En El ojo y el espíritu, Maurice Merleau-Ponty (1960) nos invita a pensar la mirada no como un acto mecánico o racional, sino como una forma viva de relación con el mundo. Para él, el cuerpo no es una herramienta del pensamiento, sino su condición misma: “El cuerpo es nuestro medio general para tener un mundo”, afirma, indicando que toda percepción nace de la corporeidad. Esta idea, que rompe con la separación cartesiana entre mente y materia, redefine la arquitectura como una experiencia fenomenológica antes que como una construcción técnica. La visión, en este sentido, es una forma de contacto; el ojo no contempla desde la distancia, sino que toca y es tocado por lo que ve. El espacio, por tanto, no se impone como una estructura externa, sino que se manifiesta en la medida en que el cuerpo lo recorre y lo siente. En este planteamiento, la arquitectura deja de ser un objeto que se observa y se convierte en un territorio que se habita, que se experimenta a través del movimiento, la luz y la materia.
Esta manera de entender el mundo a partir del cuerpo influye profundamente en la reflexión contemporánea sobre el espacio arquitectónico. Juhani Pallasmaa, uno de los teóricos que más ha desarrollado el pensamiento fenomenológico en arquitectura, retoma la noción de Merleau-Ponty cuando afirma que “la arquitectura refuerza nuestra experiencia existencial del mundo y de nuestra propia realidad” (Pallasmaa, 2005, p. 11). En su obra Los ojos de la piel, el autor finlandés sostiene que el exceso de visualidad en la arquitectura moderna ha reducido la experiencia a una imagen, olvidando la participación del tacto, el oído y el olfato. Desde esta perspectiva, el cuerpo se convierte en un centro perceptivo que da sentido al espacio. Merleau-Ponty, décadas antes, ya había anticipado esta crítica al afirmar que el ojo no es un instrumento de observación distante, sino una extensión viva del cuerpo que se mezcla con el mundo. Su pensamiento invita a recuperar la unidad entre los sentidos y a entender que la experiencia arquitectónica no se produce frente al edificio, sino dentro de él, en el intercambio entre sujeto y entorno.
Esta experiencia corporal del espacio encuentra una expresión tangible en el Pabellón de Barcelona (1929) de Mies van der Rohe, una obra paradigmática que encarna el ideal de percepción dinámica y multisensorial del espacio. Al recorrerlo, el visitante descubre que no hay una ruta única: los muros de mármol y vidrio se abren y cierran sutilmente, generando continuidades visuales y reflejos que disuelven la frontera entre interior y exterior. La luz cambia según la hora del día, el sonido del agua del estanque marca el ritmo del recorrido y la textura de los materiales ofrece una sensación táctil constante. Como señala Steven Holl (2000), “la arquitectura es una experiencia corporal del tiempo, la luz y la materia”, y el pabellón de Mies representa esa unión: el cuerpo se desplaza, la mirada se adapta, la percepción se renueva. En este edificio, el espacio no se percibe como una figura fija, sino como una secuencia de impresiones que se revelan con el movimiento, tal como Merleau-Ponty describe la percepción como un acto temporal y abierto.
Merleau-Ponty sostiene que el artista no representa el mundo, sino que lo deja aparecer (1960). Esta afirmación se aplica de manera directa al trabajo arquitectónico, donde el diseñador no impone una forma sobre la realidad, sino que crea las condiciones para que el espacio se manifieste. En ese sentido, arquitectos como Peter Zumthor y Tadao Ando han materializado la filosofía fenomenológica en obras que privilegian la experiencia sensible sobre la imagen. Zumthor, por ejemplo, afirma que “la arquitectura es capaz de tocar el alma” (Zumthor, 2006, p. 11) y busca que sus edificios se descubran lentamente, a través del sonido, la temperatura y el olor. En la Iglesia de la Luz (1989) de Ando, la luz atraviesa una cruz abierta en el muro de hormigón, produciendo una sensación de espiritualidad que no proviene de la forma sino de la atmósfera. Ambos arquitectos, como Merleau-Ponty, entienden el espacio no como una abstracción visual, sino como una experiencia corporal donde la materia se vuelve conciencia.
El pensamiento fenomenológico también encuentra eco en Le Corbusier, aunque desde una mirada más compositiva. En El Modulor (1948), el arquitecto francés concibe la medida arquitectónica a partir del cuerpo humano, relacionando proporción, movimiento y percepción. Si Merleau-Ponty afirma que “la percepción es una apertura al mundo”, Le Corbusier traduce esa apertura en una escala que busca armonizar el habitar con las dimensiones corporales. Ambos coinciden en que el espacio se entiende desde la experiencia y no desde la abstracción. En obras como la Capilla de Ronchamp, Le Corbusier demuestra cómo la luz y la forma son capaces de despertar una respuesta emocional, reafirmando que la arquitectura no se observa, se siente.
El cuerpo, entonces, no es un espectador pasivo sino el protagonista de la experiencia arquitectónica. Merleau-Ponty señala que la percepción es un “diálogo entre lo visible y lo invisible”, y esta idea se traduce en la manera en que el espacio responde a nuestra presencia. Cuando el visitante se desplaza por el Pabellón de Barcelona, o entra en la penumbra de la Iglesia de la Luz, se produce una reciprocidad entre el cuerpo y el entorno: el espacio parece percibirnos del mismo modo que nosotros lo percibimos. Esta reciprocidad, que el filósofo llama “intercarnación”, redefine el papel del sujeto y del objeto, haciendo que el acto de ver y el de ser visto sean inseparables. En la arquitectura, esta correspondencia se expresa en la forma en que la luz toca los muros, en cómo los sonidos resuenan, en cómo los materiales nos devuelven una sensación de presencia.
En última instancia, el pensamiento de Merleau-Ponty nos enseña que la verdadera experiencia del espacio no reside en su forma visible, sino en la manera en que el cuerpo lo habita. El ojo, el tacto, el oído y el movimiento participan juntos en la construcción del sentido. Por eso, la arquitectura fenomenológica no busca impresionar sino despertar la conciencia del habitar. Ver, para Merleau-Ponty, es un acto de pertenencia al mundo; y habitar, para la arquitectura, es una forma de mirar con el cuerpo. El espacio arquitectónico, cuando se experimenta desde esta perspectiva, se convierte en un lugar de encuentro entre la materia y la conciencia, entre la realidad y la percepción. De ahí que las obras que logran trascender la forma como el Pabellón de Barcelona, la Capilla de Ronchamp o las termas de Vals de Zumthor sean aquellas que, más que mostrarse, se dejan sentir. Comprender el espacio desde Merleau-Ponty significa reconocer que toda arquitectura verdaderamente humana nace del cuerpo, y que ver el mundo es, en el fondo, una manera de habitarlo.
Referencias
Ando, T. (1989). Iglesia de la Luz. Ibaraki, Japón.
Holl, S. (2000). Questions of Perception: Phenomenology of Architecture. San Francisco: William Stout Publishers.
Le Corbusier. (1948). El Modulor. París: Editions de l’Architecture d’Aujourd’hui.
Merleau-Ponty, M. (1960). El ojo y el espíritu. París: Gallimard.
Pallasmaa, J. (2005). Los ojos de la piel: la arquitectura y los sentidos. Barcelona: Gustavo Gili.
van der Rohe, M. (1929). Pabellón de Barcelona. Exposición Internacional de Barcelona, España.
Zumthor, P. (2006). Atmospheres: Architectural Environments – Surrounding Objects. Basel: Birkhäuser.
Estoy de acuerdo que “el cuerpo es nuestro medio general para tener un mundo”, porque ahí Merleau-Ponty deja claro que la percepción no es algo separado del espacio sino que nace del cuerpo mismo, También comparto lo que dices sobre que “la arquitectura deja de ser un objeto que se observa”, porque justo en edificios como el Pabellón de Barcelona uno siente que el espacio se descubre caminándolo, no mirándolo desde afuera.
ResponderEliminarCuando mencionas a Pallasmaa y su idea de que la arquitectura debería involucrar más sentidos, también estoy de acuerdo. De hecho, me recuerda a Peter Zumthor, específicamente a su libro Atmosferas, donde explica cómo se conforma una atmósfera interior y cómo la temperatura, el sonido y los materiales (tanto los físicos como los perceptuales) pueden configurarse para transmitir una intención espacial.
A veces los proyectos se quedan solo en cómo se ven en una imagen y se olvida el sonido, la luz o incluso la temperatura del espacio, Creo que por eso obras como la Iglesia de la Luz funcionan tan bien, porque lo que uno siente no depende solo de la forma, sino de la atmósfera que se construye alrededor del cuerpo.
Lo que planteas sobre Ponty y la manera en que lo conectas con Pallasmaa, Holl y Zumthor se siente muy acertado. Usar la idea del cuerpo como mediador para leer obras donde la atmósfera pesa más que la forma es interesante, desde este punto se ve que el enfoque fenomenológico va más desde la experiencia, no desde la teoría suelta.
ResponderEliminarY cuando se habla del Pabellón de Barcelona para resaltar lo de la percepción en movimiento funciona muy bien porque refuerza justo lo que estás diciendo: que el espacio se construye mientras lo recorremos.
El texto entiende algo que muchos pasan por alto, la arquitectura no entra por los ojos, entra por el cuerpo. Merleau-Ponty lo deja claro con esa idea de percepción total, casi cruda. Lo leo y pienso en esos espacios que no se ven… se sienten. Zumthor, Ando, Pallasmaa cuando habla de la piel y el silencio. Todo eso vibra en la misma línea.
ResponderEliminarMe llamó la atención cómo el texto junta filosofía y arquitectura sin ponerse académico. Simple. Directo. Te deja pensando en edificios que no buscan posar para la foto. El Pabellón de Barcelona, la Iglesia de la Luz. Lugares que te obligan a estar ahí, respirarlos, dejar que te muevan algo interno sin pedir permiso.
Al final queda ese recordatorio incómodo: la arquitectura vive cuando la habitamos de verdad. Cuando algo del espacio te toca y no sabes por qué. Lo demás relleno visual.
Tu reflexión plantea de manera clara cómo la mirada fenomenológica, desde Merleau-Ponty hasta Pallasmaa, transforma la arquitectura en una experiencia que nace del cuerpo más que de la pura visualidad. Las referencias al Pabellón de Barcelona, a la atmósfera de Zumthor o a la luz de Ando ayudan a mostrar cómo el espacio se vuelve perceptible solo cuando es recorrido, tocado y vivido sensorialmente. Esa idea del cuerpo como mediador del mundo aparece bien integrada y permite entender la arquitectura como algo más que forma: como un intercambio continuo entre materia, luz y movimiento.
ResponderEliminarAl mismo tiempo, tu texto abre la posibilidad de cuestionar hasta dónde esta visión fenomenológica describe realmente el habitar cotidiano o si, en algunos casos, responde más a experiencias cuidadosamente construidas por el arquitecto. Obras como las que mencionas producen percepciones profundas, sí, pero también están diseñadas para guiar de forma muy precisa cómo sentimos el espacio. Esto deja abierta una pregunta interesante: si la arquitectura revela la experiencia corporal o si, a veces, la dirige y la moldea según una intención particular. Ese matiz hace que tu reflexión no solo sea descriptiva, sino también un punto de partida para seguir pensando cómo vivimos —y cómo entendemos— los espacios que habitamos.