Septiembre - La Experiencia Interior del Espacio y el Lugar del Espíritu

Andrés Rodríguez Navarro

Teniendo en cuenta los ideales de Schmarsow, Von Hartmann y la influencia de la Capilla de Ronchamp de Le Corbusier, se genera una pregunta que considero fundamental para comprender la arquitectura contemporánea: ¿De dónde proviene realmente la esencia de lo arquitectónico? Usualmente cuando se piensa en arquitectura, se genera un imaginario que parte desde las cualidades visibles como: La forma, su estilo, su técnica constructiva, entre otros. Sin embargo, los autores proponen que el núcleo de la arquitectura se encuentra en un ámbito más profundo y responde a como se desarrolla un espacio alrededor de su capacidad para la vivencia interior y su capacidad de producir una experiencia espiritual y un poco más poética en relación al humano y como este se convierte en un elemento del espacio. 

En mi opinión, este recorrido desde lo material hacia la experiencia interna de cada usuario, permite reconsiderar la arquitectura como un arte de mayor nivel de conciencia, diferente al de las artes visuales o de las ingenierías ya que trabaja directamente con la sensibilidad humana y con la configuración para habitar un espacio aunque la intención del usuario no sea originalmente la de llegar a percibir alguna emoción consciente del lugar.

Inicialmente Schmarsow propone que la arquitectura no nace de elementos constructivos formales como muros, columnas o superficies, sino del vacío que estos generan al ser configurados. Esta afirmación que a primera vista se percibe como aparentemente simple, representa una puesta en duda a la idea de que la arquitectura no es un objeto o una unión de ellos, sino una experiencia espacial, sensorial y en donde el ser humano la activa por medio de su presencia y sus sentidos. Se menciona que el espacio interior surge siempre desde el cuerpo y desde la forma que el humano tiene para orientarse, moverse y percibir. Entonces, de esta forma el acto arquitectónico consiste en dar forma a esa experiencia vital y de relación entre el usuario y la arquitectura, tal como se ha visto en otros aspectos la relación entre el fuego y el espacio.

Me resulta especialmente interesante y digno de un análisis personal profundo, la insistencia en que la verticalidad humana es el origen simbólico del espacio construido: “el cuerpo erguido no solo habita, sino que instaura una dirección, un orden y un sentido. La arquitectura aparece así como una prolongación de la corporalidad, una expresión del modo en que existimos en el mundo”.

En contraste a lo anterior, Von Hartmann cuestiona si la arquitectura es merecedora de ser considerada un arte libre pues depende de funciones prácticas y técnicas a diferencia de disciplinas como la música o la poesía. Aunque reconozco que su crítica es acertada, pienso que su argumento puede perder fuerza si se observa la arquitectura desde el ideal de Schmarsow. Si el espacio interior es un producto de la experiencia y no únicamente de la técnica, entonces la arquitectura sí cuenta con una dimensión artística autónoma, no solo satisface necesidades funcionales, sino que crea un mundo sensible. Esto definiría que su condición artística no es la libertad formal sino la capacidad de transformar la vivencia humana. Siendo así, la pregunta de Von Hartmann más que negar la arquitectura como arte permite profundizar en que no es un arte de las apariencias sino un arte del habitar.

La Capilla de Ronchamp es un ejemplo concreto de lo anteriormente mencionado. En ella Le Corbusier demuestra que la arquitectura puede trascender su dimensión constructiva para convertirse en un espacio espiritual. Esta cuenta con un exterior irregular y escultórico que contrasta con un interior que invita a una introspección profunda donde la luz, el silencio y la escala generan una atmósfera de recogimiento. Lo que realmente conmueve no es exactamente la forma sino la manera en que el espacio interior se descubre como un refugio simbólico. La luz que entra por los vanos laterales y se desborda, pero con control, convierte el vacío interior en una experiencia de percepción. Aquí, la arquitectura no impone un significado, lo sugiere a través del ambiente. Y esta cualidad coincide con la idea de Schmarsow en donde menciona que lo que constituye la verdadera esencia arquitectónica es el espacio vivido, y no la masa construida.

Por otro lado, la capilla demuestra solidez ante la preocupación de Von Hartmann sobre la supuesta falta de libertad artística en la arquitectura. Allí Le Corbusier demuestra que incluso dentro de lo que exige lo funcional de un templo, una estructura resistente y una construcción en concreto es posible producir una experiencia sensible que llega a la interioridad del visitante. La técnica no llega a limitar la expresión, la posibilita. El edificio funciona como un punto de encuentro entre el cuerpo y lo trascendente entre la materialidad del muro y la inmaterialidad de la luz. Esta integración evidencia que la arquitectura no se define por la apariencia exterior ni por las masas sólidas sino por su capacidad de activar una emoción, hasta transformar el estado perceptivo del sujeto.

Uno de los aspectos que más me interesa de este diálogo entre la teoría y la obra, es la importancia del espacio interior como un núcleo estético. En Ronchamp, la masa exterior es casi un envoltorio opaco con elementos aparente dispersos, sin embargo, su sentido se comprende solo al acceder al interior y hacer parte del espacio. Tal como en la sinagoga de Dura-Europos, mencionada en el primer ejemplo, la verdadera arquitectura ocurre adentro, en ese ámbito donde el cuerpo encuentra un lugar para situarse y reconocerse. La arquitectura deja de ser un objeto contemplado y se convierte en un acontecimiento experiencial, en donde se junta con el interior del usuario generando una fuerte compaginación entre los dos elementos: La obra y el visitante.


Referencias bibliográficas: 

- Le Corbusier. (1955). Chapelle Notre-Dame du Haut [Capilla]. Ronchamp, Francia.

- Schmarsow, A. (2025). La esencia de la creación arquitectónica (C. Naranjo, Trad.). Universidad Nacional de Colombia. (Obra original publicada en 1893).

- Von Hartmann, E. (1887). Gehört die Baukunst zu den freien Künsten? Gegenwart, 32(4), 45–52.


Comentarios

  1. tu reflexión acerca de que la arquitectura deja de ser forma y técnica cuando se entiende desde el espacio interior y la experiencia que despierta me parece clave.
    Lo que dices de Schmarsow se siente muy claro y concuerdo en cómo describes el vacío como origen, no como ausencia, y en cómo la verticalidad humana termina dando sentido al mundo construido, y Frente a eso, la duda de Von Hartmann sobre si la arquitectura es un arte libre se vuelve menos contundente, porque al verla como experiencia más que como función, recupera su dimensión artística, Cuando mencionas Ronchamp, todo encaja; no es la masa ni la escultura lo que conmueve, sino la forma en que la luz y el silencio organizan el interior como un lugar de recogimiento, Ahí se nota que la técnica no limita nada, al contrario, hace posible crear ese tipo de atmósferas.

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  2. Uno de los puntos que mas llamo mi atención de este texto es como se resalta la idea de que la arquitectura no se debe entender solo como un objeto o una estructura, sino como una experiencia, que es capaz de ser vivida y que logra activar la presencia del cuerpo en el espacio, pues también se empieza a establecer la relación entre estos dos elementos, especialmente cuando se menciona que la arquitectura surge desde el cuerpo, no solo desde las formas o las técnicas constructivas.
    Además, me gusta mucho el como se plantea en el texto que la arquitectura no debería reducirse la técnica o a la forma externa, sino a que debe ser vista más como un proceso sensorial y emocional, al mismo tiempo que la idea de que un espacio puede transformar nuestro estado perceptivo, me parece muy asertivo e importante el tener en cuenta la esta experiencia humana del cuerpo al diseñar cualquier tipo de espacio.

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