BOGOTÁ : CONSTRUIR MUCHO, HABITAR POCO
Cuando se piensa en lo que significa “habitar”, normalmente se imagina un techo estable, un cuarto propio, una dirección que se llena en un formulario, o el lugar donde uno duerme después de un día agotador. Pero después de leer Construir, habitar, pensar de Heidegger, esa idea se queda corta. Su reflexión abre un horizonte distinto: habitar no es simplemente estar en un sitio, sino vivir de un modo que permita que el mundo y la existencia humana se relacionen de manera armoniosa. Y en una ciudad como Bogotá, donde la vida diaria es un pulso constante entre caos, velocidad y supervivencia, esta pregunta sobre el habitar se vuelve especialmente urgente.
Para Heidegger, la clave está en que el antiguo verbo alemán “bauen”, del cual proviene “construir”, originalmente significaba también “habitar”. Esto quiere decir que antes de que la arquitectura se volviera una técnica, era ante todo un modo de ser. Me parece una idea demasiado potente, porque pone la vida como punto de partida de la arquitectura, no los materiales, ni las normas ni los costos. Uno podría decir que hoy hemos invertido las prioridades: construimos para llenar un vacío en el mercado, pero pocas veces construimos para que alguien pueda habitar bien. Esto hace que uno mire a Bogotá con otros ojos. La ciudad está llena de construcciones nuevas, edificios que crecen como hongos y conjuntos que ocupan cualquier lote disponible, pero ¿cuántos de esos espacios están realmente pensados para ser habitados con dignidad y profundidad?
Esa diferencia entre construir y habitar puede sonar abstracta, pero se siente todos los días. Bogotá es una ciudad donde muchas personas “viven”, pero no necesariamente “habitan”. Se corre de Transmilenio al trabajo, del trabajo a la casa, de la casa al estudio, y en ese recorrido se atraviesan espacios que rara vez invitan a quedarse o a sentirse parte de ellos. Heidegger diría que son construcciones necesarias, pero no moradas auténticas. Habitar, para él, implica establecer una relación de cuidado con aquello que nos rodea. Y en Bogotá, lamentablemente, el cuidado suele ser lo primero que se pierde.
Una de las ideas más fuertes de Heidegger es la “cuaternidad”: tierra, cielo, mortales y divinos. Suena filosófico, pero es sencillo: habitar implica vivir en equilibrio con el territorio, con el clima, con la comunidad y con aquello que nos trasciende. Bogotá, sin embargo, muchas veces rompe ese equilibrio. Los humedales desaparecen, los cerros se llenan de construcciones ilegales, y el espacio público se reduce en nombre del progreso. Cuando uno ve avenidas ampliándose edificios que tapan la luz natural, entiende lo que Heidegger quería advertir: construir sin cuidar rompe el sentido profundo del habitar.
También es importante su distinción entre una construcción y una morada. No todo edificio es un hogar, así como no toda infraestructura contribuye a un habitar auténtico. En Bogotá tenemos muchas obras que sirven para moverse, pero no para vivir: portales, estaciones, intercambiadores, puentes fríos que solo invitan a pasar rápido. Son útiles, pero no acogedores. Incluso muchos conjuntos residenciales funcionan más como máquinas, que como espacios que sostienen la vida. Falta luz, falta naturaleza, falta comunidad, falta esa sensación elemental de estar “en un lugar”. Habitar es sentir que el espacio nos recibe; no simplemente ocuparlo por necesidad.
Frente a eso, también existen lugares en Bogotá donde uno logra acercarse a un habitar más profundo. Caminar por la Universidad Nacional, recorrer los patios de la Universidad de los Andes, sentarse en el Parque Nacional o descansar en un sendero de los Cerros demuestra que la ciudad también puede ofrecer espacios donde el cuerpo respira, donde el ambiente acompaña, donde uno no está de paso. Esos lugares permiten comprender, de manera muy concreta, lo que Heidegger quería transmitir: habitar es estar vinculado al mundo de una forma que dignifica la existencia.
Lo que más me golpea del texto es su insistencia en el cuidado. Construir debería ser siempre un acto de cuidado: hacia la tierra, hacia las personas y hacia el sentido de la vida cotidiana. En una época donde la arquitectura muchas veces se rige por la velocidad, el mercado y la repetición, esta idea suena casi revolucionaria. Y sin embargo, es extremadamente simple: si no hay cuidado, no hay habitar. Una ciudad que no cuida a sus habitantes no puede ser un hogar.
Habitar no es tener un espacio, sino tener un mundo. Y Bogotá, con toda su complejidad, nos obliga a preguntarnos si estamos construyendo una ciudad para habitar o solo una ciudad para sobrevivir.
Foto tomada de: biblored.gov.co
Biblioteca pública Virgilio Barco , Arquitecto: Rogelio Salmona.
La tierra, presente en el ladrillo y en el parque que la rodea.
El cielo, siempre reflejado en los espejos de agua y visible desde sus terrazas abiertas.
Los mortales, que no solo leen o estudian allí, sino que caminan, descansan, contemplan y celebran el espacio.
Lo divino, no en un sentido religioso estricto, sino como esa dimensión de contemplación, silencio y reflexión.
El comentario del blog articula de manera persuasiva y emotiva la reflexión de Heidegger sobre la diferencia entre "construir" y "habitar", aplicándola con lucidez al contexto de Bogotá. La preocupación por la pérdida de la "morada auténtica" frente a la "construcción como técnica" es un diagnóstico potente. Sin embargo, creo que la crítica, al centrarse en un marco puramente filosófico, corre el riesgo de simplificar excesivamente la complejidad socioeconómica y política que determina la forma de la ciudad.
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