EL CUERPO EN EL ESPACIO Y EL SER QUE LO HABITA

Leonardo Murillo V.                                                                                              
(Primer ensayo)


Todos hemos tenido la oportunidad de sentirnos afectados por un espacio espacio en específico: la plaza principal de la ciudad, la magnitud de un auditorio, el patio o sala de de nuestra casa, e incluso de menor dimensión como nuestra habitación, o un corredor estrecho, todos estos espacios nos contienen o por lo menos así es como se siente.

En principio, se suele pensar que el espacio es simplemente eso que sobra entre las paredes; un vacío pasivo esperando a ser llenado con muebles o personas. Sin embargo, esta percepción llega a ser limitada si analizamos el espació desde la arquitectura para entenderla como la disciplina que moldea el vacío para que el cuerpo humano pueda encontrar su lugar en el mundo. Esta evolución de pensamiento comienza inevitablemente con August Schmarsow, quien en su escrito La esencia de la creación arquitectónica, define al espacio desde una proyección directa de nuestra corporalidad. No somos ojos flotando en la nada; tenemos un "arriba" y un "abajo", un "delante" y un "detrás" que dictan cómo organizamos el mundo.


Para ejemplificar un poco observemos la Iglesia de Cristo Obrero de Eladio Dieste. Allí, la arquitectura deja de ser una caja rígida para convertirse en una piel viva. Las paredes de ladrillo no son límites estáticos, sino que ondulan, casi como si respiraran al mismo ritmo que la comunidad que se congrega dentro. La forma de su edificio y la manera en que entra la luz del sol propician una percepción cambiante en el tiempo del día, generando una sensación de movimiento aunque estemos quietos. En esta obra, se hace tangible la idea de Schmarsow: el espacio arquitectónico surge de la relación dinámica entre el sujeto y su entorno. El cuerpo no solo ocupa la iglesia de Dieste; la "activa" al recorrerla, sintiendo la tensión de la cerámica armada resonar con la propia tensión muscular.


Esta relación corporal adquiere complejidad cuando introducimos la visión. Maurice Merleau-Ponty, en El ojo y el espíritu, nos recuerda que el ojo no es una cámara objetiva separada del cuerpo. El cuerpo está en el mundo visible y, a su vez, ve el mundo. Hay un entrelazamiento indisoluble. Esto me lleva a reflexionar sobre la Catedral Metropolitana de Brasília de Oscar Niemeyer. Es una obra que, a primera vista, parece desafiar la gravedad, una explosión de luz y estructura hacia el cielo. Es innegablemente hermosa, casi etérea. Pero, si aplicamos una mirada crítica basada en Merleau-Ponty, surge una pregunta: ¿es un espacio para el cuerpo o para el ojo? A diferencia de la intimidad táctil de Dieste, la Catedral de Brasilia se presenta como una imagen, un espectáculo visual que a veces parece olvidar la escala humana en favor del gesto monumental. El cuerpo allí se siente expuesto, entregado a la inmensidad del horizonte de la ciudad planificada. Es un espacio que se consume visualmente, pero que tal vez ofrece menos refugio "carnal" del que nuestro cuerpo, en su fragilidad, a veces reclama.


Aquí es donde entra la tensión más profunda, la que Heidegger explora en Construir, habitar, pensar. La arquitectura moderna, en su afán de "crear espacio" (como en el caso de Brasilia), a veces olvida la esencia fundamental: el habitar. Heidegger nos dice que no habitamos porque construimos, sino que construimos y cuidamos porque habitamos. El puente no solo conecta dos orillas; "coliga" el paisaje, reúne la tierra y el cielo. Para entender esto en un contexto más cercano y doméstico, pienso en la Casa Calderón de Fernando Martínez Sanabria. Al ser una vivienda nos recuerda sobre la diferencia entre espacios según su función, mientras que en las iglesias de los ejemplos el espacio es un lugar de paso, la casa se convierte en un lugar de permanencia recurrente. A diferencia de la monumentalidad abstracta, la Casa Calderón se pliega sobre la topografía, se adapta, crea rincones y sombras. No intenta dominar el sitio, sino ser en el sitio. En esta obra, la arquitectura no es un objeto aislado, sino un evento que permite que los "mortales" (nosotros) habitémos la tierra bajo el cielo. Fernando Martínez construye un lugar, que no solo es un espacio matemático. Cada nivel, cada ventana, parece estar diseñada no para la foto, sino para el acto cotidiano de estar, de permanecer.

Por tal razón, entiendo ahora que hay una diferencia abismal entre el espacio geométrico y el espacio existencial. Schmarsow nos dio la herramienta para entender el movimiento; Merleau-Ponty nos devolvió la encarnación de la mirada; pero Heidegger nos exige un propósito ético: el cuidado. Al intentar tejer estas ideas, me doy cuenta de que mi rol futuro no será simplemente el de un diseñador de formas. Si el cuerpo es el centro de irradiación de las direcciones espaciales, y si habitar es el rasgo fundamental del ser humano, entonces cada línea que dibuje debe ser una respuesta a esa necesidad de refugio y significado.

Evidentemente, las tensiones entre la imagen visual (Niemeyer), la experiencia táctil y cinética (Dieste) y el arraigo al lugar (Fernando Martínez) no se resuelven fácilmente. Sin embargo, es en esa contradicción donde reside la riqueza de nuestra disciplina. Para concluir, creo que la arquitectura es, en última instancia, una extensión de nuestro propio cuerpo y memoria hacia el paisaje. No se trata de llenar vacíos, sino de crear lugares donde el ser humano pueda reconocerse.

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