Entre el silencio del hormigón y el lenguaje del cuerpo

Karen Johana Fuquen Páez

La construcción de espacios está relacionada a aspectos técnicos y proyectuales, que se han limitado a responder las necesidades básicas de la sociedad pero la pregunta sobre el habitar, es una cuestión que involucra una relación específica con el mundo. Para Heidegger esto se encuentra presente en tres conceptos: Construir, habitar y pensar. 

Desde esta mirada, construir y habitar aparecen como dimensiones inseparables de un mismo fenómeno: la manera en que el ser humano se instala en el mundo y cómo se crea el espacio a partir de la sumatoria de las relaciones. De esta forma, el habitar se vincula con la existencia auténtica, donde las construcciones reflejan y realizan esa forma de ser en el mundo. El construir, por su parte, no es solo una herramienta o medio, sino que se revela como una expresión del modo humano de estar en el espacio. En este sentido, construir y habitar no son actividades separadas, sino dimensiones de una misma condición existencial. 

Ahora bien, la cuestión sobre el habitar debe estar presente en una disciplina como la arquitectura, un arquitecto no solo diseña formas o resuelve funciones, sino que participa activamente en la manera en que las personas habitan, existen y se relacionan con la tierra, el tiempo y los otros. Así, siguiendo a Heidegger, el arquitecto no construye para luego posibilitar el habitar, sino que construye porque el ser humano, en su esencia, ya es un habitante del espacio. Para describir mejor la relación del espacio con el cuerpo y el construir con el habitar, presentamos un caso de estudio de la modernidad donde a simple vista parece que construye la esencia del habitar, la Casa Koshino del arquitecto japonés Tadao Ando. 



El proyecto está desarrollado a partir de dos bloques de hormigón manteniendo  desde su emplazamiento una relación armoniosa con su entorno natural al enterrar ligeramente los volúmenes en una pendiente de forma oblicua a la calle que permite respetar la intimidad y la naturaleza existente en el lugar, la arquitectura no se impone sobre el terreno, sino que se incrusta en él. El cuerpo se siente protegido por la topografía, contenido por el hormigón y acompañado por la naturaleza. De esta manera, la casa no se presenta como un objeto aislado, sino como un fragmento más del paisaje, reforzando la idea heideggeriana de que el ser humano no domina la tierra, sino que habita en ella. Este vínculo con el suelo genera una sensación de intimidad que transforma la experiencia corporal del espacio en algo introspectivo.



Al interior, la casa también responde al habitar como experiencia temporal y corporal. En los pasillos, las escaleras y los cambios de nivel, el cuerpo se ve forzado a desplazarse lentamente, a caminar, detenerse, descansar, a sentir el peso de su propio cuerpo, la tensión de la pausa y del ascenso. El habitante no solo se mueve: se preocupa, se esfuerza, espera, y en ese transcurrir el espacio se le revela progresivamente. El cuerpo se vuelve liviano cuando encuentra la luz, cuando su coordenada se proyecta en profundidad hacia el exterior y se orienta hacia el arriba, donde aparece el horizonte como apertura del mundo, tal como lo plantea Heidegger: no como una línea lejana, sino como aquello que da sentido a la presencia y al estar en el mundo. No se trata de un espacio que se comprenda desde una sola mirada, sino de uno que se construye en el tiempo a través del caminar. Así, el cuerpo no solo atraviesa el espacio, sino que lo constituye, lo descubre y lo habita activamente, en coherencia con la idea de Heidegger de que el espacio no es algo puramente geométrico, sino una vivencia existencial.



La luz, elemento fundamental en la arquitectura de Ando, también actúa directamente sobre el cuerpo y el habitar. Al ingresar de manera controlada, filtrada y cambiante, la luz transforma la percepción del espacio a lo largo del día y acompaña el paso del tiempo, haciendo visible la relación entre el ser humano, el mundo y la temporalidad. Esta experiencia lumínica refuerza la condición sensible del habitar, donde el cuerpo no solo percibe con la vista, sino con la piel, con el movimiento y con la conciencia de estar presente. La luz se convierte en un límite habitable, hace visible el espesor del muro, el peso del material y el silencio del interior. En este sentido, la Casa Koshino no busca impresionar visualmente, sino provocar una experiencia silenciosa y reflexiva del estar en el mundo.


Finalmente, el espacio no se presenta como una forma dada ni como una composición puramente geométrica, sino como una experiencia que se construye desde el cuerpo que camina, se detiene, se esfuerza y descansa. A través del control de los volúmenes, de la luz, de la sombra y de la profundidad, el edificio nos permite guardar nuestra relación con el mundo y sobreguardar nuestra existencia. 


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