Espacialidad y experiencia corporal en la Maison à Bordeaux
Karen Johana Fuquen Páez
El espacio es la tésis de cualquier proyecto de arquitectura y debe ser el cuerpo el protagonista las desiciones sobre el espacio. Como lo plantea Schmarsow, el espacio tiene las mismas coordenadas del cuerpo: verticales, asociada a la presencia del cuerpo; cartesiana, el arriba, abajo, izquierda y derecha; y por último, la profundidad relacionada a la posición de nuestros ojos. Es por esto que, el espacio debe ser una construcción sensorial capaz de generar diferentes percepciones y emociones en quien lo habite, que nos invite a una contemplación activa.
El espacio no es un lugar ni el cuerpo ocupa un espacio, es la condición misma de la percepción y nuestra presencia que afecta estos fenómenos. Desde estas condiciones se plantea la discusión sobre si el espacio tiene una corporalidad que dialoga con la nuestra, es quizás esto lo que nos permite diseñar espacios habitables y generar discusiones relevantes para decisiones arquitectónicas conscientes. De esta manera, se presenta La Maison à Bordeaux, para rastrear si estos aspectos de la espacialidad en el mundo están presentes en la arquitectura.
La Maison à Bordeaux fue diseñada para un cliente con limitaciones para caminar, lo que inmediatamente transforma el proyecto en un laboratorio de circulaciones de espacios. Lejos de buscar una casa simple o resuelta de manera convencional, el usuario exige un espacio complejo, afirmando que esta complejidad definiría su mundo. Esta decisión evidencia cómo la arquitectura no solo responde a una necesidad funcional, sino a una forma de habitar profundamente ligada a la experiencia corporal.
Si la coordenada es nuestro cuerpo, los espacios deben estar desarrollados de tal manera que cuando ingresemos nuestro cuerpo dialogue con las condiciones del lugar. En el proyecto de Koolhaas, se decide organizar los espacios en tres volúmenes superpuestos, cada uno con un carácter espacial distinto. El nivel inferior, contiene los espacios más privados encerrados al estar en un nivel enterrado, generando en el cuerpo una sensación de pesadez, pues el cuerpo se desplaza en condiciones estrechas. En seguida, se accede al volumen central completamente transparente y con una relación visual amplia hacia el exterior donde suceden las actividades sociales. Por último el volumen superior, resguarda los dormitorios de una manera controlada y protegida.
En este recorrido el cuerpo ya limitado por funciones físicas, experimenta diferentes sensaciones y de manera más contundente se dispone una plataforma móvil vertical, que funciona como ascensor, oficina, espacio habitable. Al tratarse de un volumen en movimiento, este permite que el usuario recorra la totalidad de la vivienda sin abandonar su núcleo espacial, convirtiéndose en una extensión dinámica del habitar. Así, el desplazamiento vertical queda directamente vinculado al movimiento, al esfuerzo y a la necesidad de quien lo ocupa, estableciendo un recorrido que no es únicamente funcional, sino también corporal y perceptivo. En su punto más alto, este trayecto culmina en un vacío que enmarca el cielo, reforzando la relación entre cuerpo, arquitectura y dimensión simbólica del habitar.
Así mismo, el eje de la profundidad se presenta con dos capas: el exterior y el interior. Desde la cama, el habitante puede atravesar su mirada por una plano de vidrio que recorre el primer volumen y proyecta el paisaje ampliando su percepción más allá del espacio interior delimitado por los muros que contienen el cuerpo al interior, de está forma el cuerpo no se encuentra encerrado sino que se expande desde la posición de los ojos hacia el horizonte y este ajusta esta sensación a su posición natural.
El proyecto se configura como un recorrido espacial cuidadosamente articulado donde cada nivel responde a una forma distinta de habitar el cuerpo en relación con el espacio, este ya no se impone como una estructura rígida, sino que se transforma en un sistema flexible que responde a los ritmos, límites y posibilidades del habitar.
En este sentido, el proyecto es una evidencia de cómo la espacialidad se configura a partir de la presencia del cuerpo. Este ya no está impuesto sino que se transforma en una estructura flexible que responde a los ritmos, límites y posibilidades del habitar donde el movimiento, la percepción y la emoción construye de manera constante el sentido del lugar.
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