Habitar el horizonte desde el cuerpo: Fenomenología del espacio en las Piscinas de Leça
Karen Johana Fuquen Páez
El cuerpo tiene su propia presencia y esta afecta directamente la presencia del espacio al que nos enfrentamos. Merleau-Ponty propone una visión en la que cuerpo y espacio están ligados, y donde la experiencia perceptiva se convierte en la clave para entender la existencia. Desde esta perspectiva, el conocimiento no es simplemente un reflejo de una realidad objetiva, sino un acto consiente en el que la existencia se revela en la interacción constante entre el ser y el mundo.
Las Piscinas de Leça, proyectadas por Álvaro Siza en 1966, constituyen una de las obras contemporáneas que mejor expresan la fenomenología de Merleau-Ponty y la lectura arquitectónica del lugar propuesta por David Leatherbarrow. En este proyecto, el espacio no se limita a organizar funciones, sino que se vive con todos los sentidos y a través del cuerpo un encuentro entre cuerpo, materia y el horizonte de la arquitectura del paisaje. Como afirma Merleau-Ponty, la existencia está ligada a la percepción: habitamos el mundo desde un cuerpo que ve, toca y se orienta. Siza traduce esta idea en arquitectura mediante un acciones sutiles, casi silenciosos, que no impone forma sino que revela la espacialidad que ya estaba presente en el paisaje, en las rocas, la topografía y el mar.
Desde la fenomenología, el proyecto puede interpretarse como un dispositivo que permite al cuerpo respirar en el ser, abriéndose al horizonte y proyectándose en el mar. La topografía presente se configura entre la asociación de las formas del suelo y las actividades humanas, logrando ser el fondo de las relaciones espaciales. De esta forma, el acceso, un descenso entre muros duros y opacos, no busca crear una ilusión visual, sino intensificar la experiencia sensorial del espacio: la luz, el sonido del mar, el olor y la temperatura del viento. Como sostiene Merleau-Ponty, la percepción no es una imagen objetiva del mundo, sino un acto encarnado; así, Siza diseña un recorrido que despierta esta encarnación y hace evidente que la arquitectura no se ve solamente, sino que se vive.
La filosofía de Leatherbarrow añade otra capa interpretativa: la arquitectura que surge del lugar en lugar de dominarlo. Para él, las obras más significativas son aquellas que se piensan desde las condiciones atmosféricas, geográficas y temporales del sitio. Las piscinas de Leça se incrustan en las rocas como si hubieran sido erosionadas por el mar, y el límite entre lo construido y lo natural se vuelve casi imperceptible. Siza no representa el paisaje: lo intensifica.
La percepción del horizonte es fundamental. La línea del mar se ofrece al cuerpo en diferentes escalas y en distintos momentos: primero oculta, luego insinuada, finalmente revelada como una extensión ilimitada que se funde con el cielo, el limite no se enfoca en algo sino que siempre está detrás de las cosas a las que siempre prestamos atención. Este juego fenomenológico de mostrar y esconder del horizonte como estructura esencial de la experiencia: nunca plenamente alcanzado, pero siempre determinante. Las plataformas, los bordes y los planos horizontales permiten que el mar no sea un fondo lejano, sino una presencia inmediata que acompaña al observador.
Finalmente, las Piscinas de Leça pueden leerse como una arquitectura que no solo facilita la experiencia corporal del espacio, sino que revela la relación entre cuerpo, mundo y lugar. Siza, crea un paisaje habitado que potencia la sensibilidad del observador y la capacidad de percepción del habitante. La arquitectura no se superpone al territorio, se convierte en una forma de conocimiento fenomenológico, una integración sensible donde el horizonte, el agua, la piedra y el cuerpo humano participan de una misma continuidad y extensión en el mundo.
Tu lectura de las Piscinas de Leça como un espacio donde cuerpo y paisaje se entrelazan funciona muy bien, sobre todo cuando explicas cómo Siza deja que el sitio hable a través de la topografía, el sonido y el horizonte. Algo interesante que podrías profundizar es cómo esa integración no solo despierta los sentidos, sino que también orienta el movimiento del cuerpo sin necesidad de imponerlo. El proyecto casi que coreografía la experiencia, y esa idea encaja muy bien con Merleau-Ponty: no percibimos primero y actuamos después, sino que percepción y acción ocurren al mismo tiempo. Esa dimensión podría complementar muy bien tu argumento sobre la arquitectura como experiencia encarnada.
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