Donde empieza el habitar y termina el construir | Camilo León | OCT
Hay palabras que esconden tiempo dentro de ellas. “Construir”, por ejemplo, parece hoy un verbo técnico, casi administrativo: levantar, diseñar, ejecutar. Pero cuando uno vuelve al origen —al bauen antiguo que Heidegger recupera— descubre que construir nunca significó solamente hacer. Construir era habitar, y habitar no era una acción más, sino la forma primordial en la que somos en el mundo. Habitar no requiere voluntad: sucede incluso cuando no lo decidimos. Respirar, caminar, ocupar un rincón del día… todo eso ya es habitar. El cuerpo está siempre adelantado a cualquier intención.
Cuando uno entiende esto, la arquitectura cambia de sitio. Deja de ser un catálogo de formas para convertirse en una pregunta: ¿cómo habitamos? ¿De qué modo nos relacionamos con la tierra, con el cielo, con los otros? En ese cruce silencioso entre lo que somos y lo que levantamos, aparece la arquitectura como una práctica que no solo organiza el espacio, sino que cuida. Construir, en su acepción más profunda, es acompañar el crecimiento de aquello que habitamos, no dominarlo.
Pienso en el gesto de mirar el cielo. No lo hacemos por instrucción, sino porque hay un ritmo que nos excede y al que, de alguna manera, necesitamos sincronizarnos. Cuidar la relación con el cielo —decía el profesor en clase— es respetar los ciclos que nos formaron: la luz que ordena el día, la sombra que protege, el tiempo que pasa sin pedir permiso. Cuando construimos de espaldas al firmamento, nos desajustamos; cuando lo incorporamos, algo en nosotros se armoniza. Quizá por eso las arquitecturas que recordamos con el cuerpo son las que no disimulan la presencia del cielo.
En esta conversación entre cuerpo y cielo, la escultura de hormigón “Elogio del Horizonte” de Eduardo Chillida funciona como una imagen potente. Emplazada sobre una promontorio junto al mar, su arco abierto es casi una declaración: no separa, convoca. Frente al horizonte, el cuerpo humano gana escala y silencio; el lugar obliga a mirar, a quedarse, a medir el pulso del viento. Chillida no construye para encerrar: abre un umbral hacia el mundo. La obra es, en ese sentido, un puente posible —no un puente que cruza aguas— sino un puente que reúne: reúne la tierra con el cielo, el cuerpo con la inmensidad, la mirada con el vacío que se llena de sentido.
Jan Patočka hablaba de que el cuerpo es el primer lugar que compartimos con los demás: a través de él surge la comunidad, el mundo y el espacio. Habitar no es solo ocupar un suelo, sino reconocerse en relación con otros cuerpos que también buscan sentido. La presencia de una escultura como la de Chillida lo confirma: su vacío central no es ausencia, sino convocación —un sitio donde varios cuerpos pueden pararse, mirar y ser simultáneamente pequeños y abiertos.
El puente, en esta lectura, es figura ética. No solo une dos orillas; ampara la continuidad de un relato humano. No impone un trayecto: lo posibilita. No controla el camino: lo abre. Construir, cuando se entiende así, es un gesto de reunión: hacer espacio para que otros se encuentren y se reconozcan. En la modernidad esa tensión se tensó: se construyó más rápido de lo que se habitaba, más estandarizado de lo que se sentía. Pero siempre hay obras que actúan como correctivos sensibles: Siza que lee el horizonte en piedra y mar; Zumthor que confía a la materia el secreto de la atmósfera; Chillida que talla el silencio en hormigón y lo convierte en lugar de presencia.
Alvaro Siza con sus piscinas, por ejemplo, no impone una forma sino que dialoga con la geografía; Peter Zumthor hace de la materialidad una condición de la memoria corporal; Jorge Oteiza nos recuerda que el vacío puede ser forma. Todos ellos, a su manera, recuperan la idea de que construir implica cuidar el crecimiento y la permanencia de la experiencia humana.
Volver al verbo —a su eco etimológico— nos obliga también a reconsiderar la historia de cómo se hace arquitectura. Cada cultura ha habitado y, por tanto, ha construído de manera distinta. Reconocer que el habitar es la manera en que los mortales son en la tierra es aceptar que la arquitectura debe empezar por la experiencia: por el cuerpo que escucha, por la mirada que se orienta, por la piel que siente la brisa. Y cuando una obra, como el Elogio del Horizonte, consigue que varios cuerpos se alineen con un gesto común —mirar hacia el ancho, quedarse en silencio, medir la propia pequeñez— entonces la construcción ha cumplido su función más ética: reunir.
En las clases, lo que va quedando es la sensación de que habitar quizá sea el único acto involuntario que sigue siendo profundamente humano. Y que construir, cuando se entiende como cuidado, es una manera de acompañar ese acto. No levantamos muros para aislarnos del mundo; los levantamos para encontrarnos dentro de él. Construir es permanecer, pero también es permitir que otros permanecen. Es un gesto, un vínculo, un puente que reúne lo que somos.



Estoy muy de acuerdo con tu lectura sobre el Elogio del Horizonte de Chillida y la frase que usas sobre medir la propia pequeñez que resume lo que el profesor explicaba sobre cómo Chillida escala lo infinito (el mar y el cielo) a la medida del cuerpo humano para que podamos habitarlo sin perdernos.
ResponderEliminarAl respecto dices que habitar no requiere voluntad y que es un acto casi inconsciente, como respirar, pero si pensamos en lo que vimos de Adolf Loos (con sus escalones y desniveles que te obligan a mirar dónde pisas) o en la escalera de Barragán (que no tiene baranda para que estés alerta), ¿no crees que la buena arquitectura a veces debe romper esa inconsciencia?
Es decir, ¿la arquitectura solo debe acompañar ese habitar involuntario, o a veces debe ser un obstáculo intencional para despertarnos y hacernos conscientes de que estamos ahí?
¿Qué opinas?