LA ARQUITECTURA EMPIEZA EN NOSOTROS
Cuando uno piensa en arquitectura, casi siempre imagina edificios, fachadas, columnas o formas llamativas. Sin embargo, después de leer a Schmarsow y su reflexión sobre la esencia de la creación arquitectónica, queda claro que esta visión es superficial. Desde su postura, insiste en que la arquitectura no debe entenderse solamente como construcción o como el arte de poner materiales uno encima del otro, sino como una actividad profundamente humana: el arte de crear espacio. Este enfoque sigue siendo totalmente pertinente hoy, porque nos obliga a repensar lo que hacemos cuando diseñamos, estudiamos o incluso habitamos un espacio.
Schmarsow critica que durante siglos hemos visto la arquitectura desde afuera: desde la estructura, desde la decoración o desde la “técnica”. Para él, eso ha reducido la arquitectura a una especie de copia constante de estilos del pasado, sin preguntarnos qué sentido tenían en su momento o qué sentido deberían tener hoy. Considero pertinente la siguiente premisa: muchas veces la arquitectura se usa como un lenguaje muerto, repetido sin reflexión. En lugar de crear algo que realmente dialogue con el ser humano, terminamos produciendo formas vacías.
Por eso Schmarsow propone volver al origen, pero no al origen histórico, sino al psicológico. Y aquí está, en mi opinión, la clave más potente de su propuesta: la arquitectura comienza en la intuición espacial del ser humano. Antes de cualquier muro o techo, ya habitamos un espacio interior, definido por la verticalidad del cuerpo, la mirada hacia adelante, la apertura de los brazos. Es decir, la primera “arquitectura” que conocemos es la relación entre nuestro cuerpo y el mundo. Desde esta perspectiva, la arquitectura no se impone desde afuera; surge desde nosotros.
Esto cambia completamente la manera de entender incluso las construcciones más simples. Schmarsow afirma que una cabaña hecha de ramas y hojas comparte la misma esencia que un edificio monumental. Y aunque suene extraño al principio, estoy de acuerdo. No importa si el material es precario o si la técnica es avanzada: lo que comparten es la necesidad humana de delimitar un lugar, de crear un refugio, de construir un “adentro” donde antes solo había espacio abierto. Este enfoque me parece liberador porque reconoce que la arquitectura no depende de recursos o tecnología, sino de sensibilidad.
Uno de los aportes más fuertes de Schmarsow y que personalmente considero fundamental es: la idea de que el espacio interior es el verdadero corazón de la arquitectura. No la fachada, no la ornamentación, sino lo que pasa cuando estamos dentro del espacio. Allí es donde se vive, se siente y se piensa la arquitectura. Y es verdad: uno no recuerda un lugar por cómo se veía la fachada desde la calle, sino por cómo se sentía estar dentro. El espacio interior es donde ocurre la experiencia, incluso compara la arquitectura con la música, y esta comparación me parece especialmente bella: así como la música ordena el sonido en el tiempo, la arquitectura ordena el espacio para que podamos experimentarlo. Y de la misma manera que una melodía nos afecta emocionalmente, un buen espacio también lo hace.
En esto coincido totalmente: la arquitectura debería tocar la sensibilidad humana, no solo cumplir con normativas o replicar estilos.
Schmarsow insiste en que para comprender un edificio realmente, hay que situarse mentalmente en su interior. Si no hacemos ese ejercicio, lo único que vemos es un volumen rígido. Esta reflexión me parece muy actual, sobre todo en una época donde a veces se valora más la imagen del edificio para redes sociales que la experiencia real de habitarlo.
Schmarsow también muestra cómo la arquitectura, a lo largo de la historia, ha sido un reflejo de cómo cada sociedad se percibe a sí misma. Desde las tiendas nómadas hasta los parlamentos, cada espacio expresa una visión del mundo. Por eso creo que su pregunta final sigue siendo urgente: ¿puede la arquitectura volver a conectarse con la gente? ¿Puede volver a ser un lenguaje que hable del espíritu de una época? Personalmente pienso que sí, pero solo si recordamos que la arquitectura empieza en la experiencia humana del espacio, no en las modas, ni en los materiales más caros, ni en las fachadas llamativas.
Schmarsow nos recuerda que la arquitectura no comienza con un plano ni con una técnica, sino con una sensación interior. Comprender esto es fundamental no solo para diseñar, sino para habitar. Si logramos volver a ese origen —a la experiencia humana, corporal, sensible del espacio— quizá podamos recuperar una arquitectura más auténtica, más cercana y, sobre todo, más humana.
Fotografía ©Instituto Lina Bo e P.M. Bardi, por Chico Albuquerque.
La Casa de Vidrio encarna esa “poesía del espacio” que Schmarsow defiende: una arquitectura donde el espacio no se impone, sino que se revela, que acompaña al cuerpo y lo invita a construir el lugar con su propia percepción. En ella, la arquitectura no es materia que pesa, sino espacio que se habita. Y justamente por eso logra materializar tan bien lo que el autor entiende como la verdadera esencia de la creación arquitectónica.
El texto muestra muy bien cómo Schmarsow desplaza la arquitectura de lo material a lo experiencial. Su idea de que el espacio nace primero en el cuerpo y no en la forma construida resulta especialmente convincente cuando se piensa en obras como la Casa de Vidrio, donde el espacio parece surgir de la relación entre el habitante y el paisaje. Leer a Schmarsow hoy es un recordatorio necesario: antes que fachadas o estilos, la arquitectura empieza en la sensibilidad y en la manera en que cada persona habita un interior.
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