La luz: Turrell, McCall y Gaudí
Tengo una obsesión por la luz, no solo como arquitecto sino también como artista plástico, con excusa de los textos de este mes y las últimas sesiones quiero indagar en como la luz y el uso de esta redefina el espacio, la profundidad, el vacío y en ultimas la experiencia cuando se relaciona con el cuerpo, con el sujeto.
De la mano de August Schmarsow: toda creación arquitectónica
se edifica alrededor del sujeto, alrededor de ese eje invisible que se alza en
nosotros como una línea cardinal. Según él, el meridiano del cuerpo “esa
vertical que nos atraviesa” es el centro a partir del cual el espacio se
organiza. La arquitectura, entonces, no llena ese eje: lo deja vacío, lo
respeta, para que el sujeto pueda habitarlo, como si el edificio respirara a
través de él. A esta vertical se suma otro vector esencial: la profundidad, la
dirección de la mirada y el movimiento, para Schmarsow, esta dimensión
convierte el refugio en espacio habitable, no basta con cubrirse; es preciso
avanzar, mirar, permitir que el horizonte se abra, la arquitectura es la
proyección hacia lo real de la intuición espacial que el cuerpo ya esboza
internamente.
Pero si Schmarsow ubica en el cuerpo el origen del espacio,
David Leatherbarrow nos advierte que la arquitectura jamás surge sobre una
superficie neutra. La topografía, dice, es “manifiestamente latente”: dada, no
mostrada. Es fundamento resistente, un suelo que no puede ser domesticado del
todo, que corrige al arquitecto y reconfigura aquello que se ha formado, es el
recordatorio silencioso de que no es solo el cuerpo el que funda el espacio: la
tierra también tiene una voz y es precisamente entre estos dos polos el
cuerpo que organiza y la tierra que se resiste donde aparece la luz como
tercer agente, casi como mediadora; Una luz que no solo revela, sino que
construye, una luz que, en ciertas obras, se convierte en el verdadero material
arquitectónico, ahí es donde James Turrell entra con una fuerza casi teológica.
James Turrell: hacer visible el eje interno
Turrell no construye muros: construye percepciones. Sus
obras, esas cámaras de luz, esos vacíos llenos de color, hacen que uno tome
conciencia del propio cuerpo como sistema de coordenadas, justo como lo pensaba
Schmarsow, en una pieza como Afrum (White) o en un Skyspace, uno
siente que el eje vertical interno se alinea con la luz que cae desde arriba, la
luz define el meridiano más claramente que cualquier columna. En Turrell, el
espacio parece emerger desde uno mismo: la profundidad no es distancia física,
sino vibración perceptual, el sujeto avanza hacia un horizonte que es pura
radiación, pura latencia cromática, la luz no ilumina el espacio: “es el
espacio”. Es una espacialidad que coincide exactamente con lo que
Leatherbarrow señala sobre la topografía: algo dado que no se muestra del todo,
algo latente que opera como fundamento, en Turrell, la luz es topografía
perceptiva: invisible y a la vez absolutamente condicionante, la luz se
convierte en el terreno sobre el que camina el cuerpo.
Anthony McCall: la profundidad como acontecimiento
Si Turrell convierte la luz en atmósfera, Anthony McCall la
convierte en arquitectura fenomenológica pura, en obras como Line Describing
a Cone, la luz se vuelve volumen, cuerpo, interioridad. Lo que Schmarsow
describe como “la dimensión de profundidad” la dirección del movimiento, la
orientación del cuerpo se materializa en el rayo que McCall proyecta, al
caminar a través del cono de luz, mi meridiano corporal no solo organiza el
espacio: lo interrumpe, lo corta, lo activa. McCall revela que la profundidad
es la más corporal de las dimensiones, es una invitación a avanzar hacia algo
que no es sólido, pero que sin embargo resiste, igual que la topografía de
Leatherbarrow, la luz en McCall tiene esa misma condición de fundamento
latente: no se impone, pero determina; No es objeto, pero sin ella no habría
espacio, el espectador, se convierte en constructor involuntario del espacio:
lo que Schmarsow reclamaba como principio esencial de la arquitectura la
dependencia del espacio respecto al sujeto se vuelve experiencia directa; El
espacio aparece porque mi cuerpo atraviesa la luz.
Gaudí y la Sagrada Familia: luz, cuerpo y tierra en un
mismo destino
Y entonces llego a Gaudí. Y siento que él, mucho antes de
Turrell o McCall, entendió que el espacio, la tierra y la luz no son entidades
separadas, la Sagrada Familia es quizá uno de los lugares donde la teoría de
Schmarsow encuentra una encarnación más poderosa: El eje vertical del cuerpo se
amplifica en columnas que parecen prolongaciones de la columna vertebral humana
de sinuosidad vegetal y en la altura monumental del edificio; la profundidad se
despliega en naves que avanzan como bosques hacia un horizonte lumínico y el
vacío central deja lugar al meridiano del sujeto, que la arquitectura nunca
ocupa, sino que magnifica.
Pero también está Leatherbarrow: la Sagrada Familia no
podría existir sin la topografía de Barcelona, sin su ligera pendiente, sin la
luz mediterránea que Gaudí estudió obsesivamente, es un edificio que no domina
el terreno, sino que lo acepta, es una obra que sabe que la luz no es un
detalle, sino el fundamento mismo del espacio espiritual. Gaudí la domestica
solo hasta cierto punto: el resto lo deja en manos de lo que la luz quiera
hacer ese día, cuando los vitrales filtran colores que cambian con la hora del
sol, uno entiende que la luz en la Sagrada Familia no es un recurso, sino un
fenómeno que trasciende al arquitecto. Como en Turrell la luz es arquitectura, como
en McCall la profundidad de la nave se vuelve acontecimiento, como en
Leatherbarrow la tierra y el cielo se resisten a ser totalmente controlados y
como en Schmarsow, el sujeto es el eje alrededor del cual todo sentido espacial
se articula.
La luz es entonces el diálogo entre cuerpo y tierra, la luz
funda el espacio desde la percepción, la luz se vuelve profundidad corporal, la
luz reconcilia cuerpo y tierra en un mismo gesto arquitectónico. Los postulados
de Schmarsow y Leatherbarrow vibran debajo de todas estas obras y se revelan en
la luz. Me queda claro que la arquitectura no es un objeto, sino una
intersección: entre mi eje vertical, la resistencia del terreno y la luz que
las conecta. Y que la Luz es una de las herramientas imprescindibles para esto.
Me parece interesante cómo planteas que la luz no es solo un medio para revelar la arquitectura, sino el elemento que realmente articula la relación entre cuerpo y territorio. En tu lectura, Turrell y McCall muestran que la luz puede asumir el rol que normalmente atribuimos a la materia: orientar, delimitar y generar profundidad. Eso conecta de manera directa con Schmarsow, porque la percepción se vuelve el verdadero punto de partida del espacio.
ResponderEliminarCon Gaudí la idea cambia un poco: allí la luz no sustituye la materia, sino que activa la organización formal del edificio y la vuelve dinámica. En ese sentido, tu texto sugiere que la luz opera en distintos niveles según el caso, pero siempre como condición fundamental para que el espacio tenga sentido desde el cuerpo.