LA REIVINDICACIÓN DEL CUERPO EN LA ARQUITECTURA

Leonardo Murillo V.
(Tercer Ensayo)


Si leemos entre líneas la historia de la arquitectura, descubriremos que es también la historia de cómo nos entendemos a nosotros mismos. Durante mucho tiempo, la disciplina pareció obsesionada con reducir la experiencia humana a una simple cuestión de ojos y matemáticas. En épocas pasadas, el cuerpo se trataba casi como una herramienta de calibración, una figura estática y perfecta (como el famoso Hombre de Vitruvio) cuyo único trabajo era confirmar que el edificio fuera simétrico y proporcional. Sin embargo, esa visión tan limpia y distante se queda corta. El espacio no se construye solo para ser admirado desde lejos como una pintura, sino para ser vivido, recorrido y tocado por un cuerpo real que respira, siente y tiene memoria.

Este cambio de mentalidad, de ver al cuerpo como una regla de medir a entenderlo como un centro de sensaciones, es clave para comprender la arquitectura más humana de hoy. Juhani Pallasmaa, en su libro Los ojos de la piel, nos alerta sobre el peligro de darle todo el poder a la vista, lo que él llama "ocularcentrismo". Esta obsesión visual ha creado muchos edificios que lucen espectaculares en las fotografías, pero que se sienten fríos o vacíos al habitarlos. Al priorizar solo la imagen, nos convertimos en espectadores ajenos a nuestro entorno. Por el contrario, la verdadera arquitectura debe despertar todos los sentidos para conectarnos de nuevo con el mundo. La rugosidad de un muro de piedra, el cambio de sonido al entrar en una sala amplia o el peso de una puerta al abrirse no son detalles menores; son el lenguaje directo con el que un edificio saluda a nuestra piel.

Pero la experiencia va más allá de lo físico. Alberto Pérez-Gómez añade una capa emocional con su idea de Attunement (que podríamos traducir como "afinación" o "sintonía"). Más allá de tocar texturas, los espacios tienen una atmósfera, un "aire" capaz de modificar nuestro estado de ánimo, tal como un instrumento musical se afina para entrar en armonía con una melodía. Un edificio no es una caja neutra donde ocurren cosas; es un compañero activo que puede hacernos sentir bienvenidos o rechazados. Cuando un lugar logra esta sintonía, dejamos de sentirnos extraños: el habitante y el espacio entran en la misma frecuencia y se vuelven inseparables.

Para que esta atmósfera surja, el edificio debe dialogar profundamente con su sitio. Aquí es donde las “Premisas topográficas” de David Leatherbarrow ofrecen una perspectiva crucial. El terreno no es una mera plataforma geográfica sobre la cual se impone un objeto; el sitio posee "latencia". Esta latencia se refiere a las cualidades ocultas, invisibles y potenciales del lugar que la arquitectura debe revelar. Un proyecto no termina cuando se coloca la última piedra; de hecho, es el tiempo, la intemperie y el uso los que terminan de esculpir la obra. La arquitectura debe entenderse como una sedimentación, una capa más en la historia continua del paisaje, donde lo construido y lo natural no son opuestos, sino fuerzas que colaboran.


Pocas obras materializan la convergencia de estas tres posturas teóricas, pero considero que La Fábrica de Ricardo Bofill, si lo hace. Este proyecto desafía cualquier categorización simplista. Al transformar una cementera industrial obsoleta en un espacio doméstico y de trabajo, Bofill no impuso una forma nueva; leyó la latencia de la ruina. La estructura brutalista de los silos no fue borrada, sino "afinada" para una nueva vida.

En La Fábrica, la crítica a la obsesión visual de Pallasmaa se vuelve tangible. No hay superficies lisas ni asépticas diseñadas solo para la foto; hay hormigón rugoso, marcas del trabajo original y polvo industrial que narran la memoria del lugar. Es una arquitectura que pide ser tocada para ser comprendida. La escala monumental de los silos, que podría resultar aplastante si solo se mirara, se vuelve humana gracias a la vegetación que trepa por las fachadas, demostrando la tesis de Leatherbarrow: el edificio ha aceptado el paso del tiempo y a la naturaleza como socios del diseño.


La atmósfera resultante es un ejemplo perfecto de la "sintonía" de Pérez-Gómez. Al habitar La Fábrica, el cuerpo no siente la frialdad de una máquina vieja, sino la calma de un santuario moderno. La luz, que entra de forma teatral por los huecos industriales, transforma el espacio cotidiano en algo especial, generando una emoción que oscila entre la sorpresa y el refugio. Bofill demostró que incluso una ruina industrial, cuando se entiende desde la memoria y los sentidos, puede tener más alma que muchos edificios nuevos.

En conclusión, la arquitectura debe dejar de intentar controlar la experiencia solo desde los planos y empezar a abrazar la riqueza de la vida real. El cuerpo ya no es un maniquí de medidas perfectas, sino el protagonista que da sentido al espacio. Entender la arquitectura hoy implica diseñar no solo para los ojos, sino para la piel y las emociones, permitiendo que los lugares, como La Fábrica, revelen su historia oculta y nos ayuden a sintonizar con el mundo que habitamos.

Comentarios

  1. Tu texto explica muy bien cómo la arquitectura se ha ido alejando de esa idea del cuerpo como simple “medida” y se acerca más a entenderlo como un centro de sensaciones. Las referencias a Pallasmaa, Pérez-Gómez y Leatherbarrow encajan muy bien para mostrar que hoy hablamos de arquitectura no solo con la vista, sino con todos los sentidos, y el ejemplo de La Fábrica de Bofill me pareció muy interesante para aterrizar estas ideas: se nota cómo lees la ruina, la atmósfera y la relación con el sitio como un mismo hilo.

    Al mismo tiempo, lo que planteas deja abierta una duda interesante: ¿cuánto de esa experiencia “sensorial” viene del lugar y cuánto viene de la intención del arquitecto? La Fábrica se siente muy auténtica, sí, pero también está cuidadosamente diseñada para producir cierta emoción. Lo mismo pasa con las atmósferas y las ideas de “sintonía”: parecen naturales, pero son decisiones muy pensadas. Esa mezcla entre lo que el espacio ofrece y lo que el arquitecto programa es un buen punto para seguir la conversación que tu texto abre.

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