LUZ, MATERIA DE LAS ATMÓSFERAS
LUZ, MATERIA DE LAS ATMÓSFERAS
Percepción y experiencia.
La luz no tiene forma, pero le da forma a todo. Su presencia, o su ausencia, define cómo vemos el mundo, cómo lo habitamos y sentimos. Aunque no sea un objeto, la luz es quizá el material más determinante de la arquitectura. Más antigua que cualquier técnica y más sutil que cualquier estructura, ha guiado la manera en que percibimos y construimos espacios desde los primeros refugios humanos hasta los templos más densamente cargados de simbolismo, y continúa siendo un elemento fundamental en los proyectos contemporáneos que buscan generar atmósferas significativas.
En la arquitectura, la luz no se limita a iluminar. Es un agente que transforma la materia, modela las superficies, crea ritmos temporales y establece vínculos emocionales. Cuando la luz entra a un espacio, lo vuelve vivo: lo hace vibrar, lo modifica a lo largo del día, lo carga de sensaciones que el cuerpo registra incluso antes que la razón. La arquitectura puede existir sin ornamento, sin color, incluso sin mobiliario, pero nunca sin luz. Allí donde hay un rayo, una sombra o un reflejo, se abre una forma de habitar.
Desde sus inicios, el ser humano intuyó que la luz era más que un fenómeno físico. Las primeras arquitecturas religiosas cuevas, santuarios, pirámides, templos no solo protegían del clima, sino que buscaban canalizar la luz como signo de lo divino. En Egipto, un rayo solar alineado con una cámara interior marcaba el inicio del año. En Grecia, la luz sobre la escultura del dios era una forma de presencia. En las catedrales góticas, las vidrieras no eran solo ornamento: teñían el espacio de colores que representaban una realidad trascendente.
En todos estos casos, la luz operaba como mediadora entre el ser humano y lo que excede su comprensión. Lo sagrado se volvía visible a través del resplandor. La arquitectura no era solo construcción material: era una máquina de percepción, un instrumento para dirigir la mirada, crear misterio, intensificar la emoción o guiar al individuo hacia algo más grande que él mismo. La luz daba forma a la experiencia interior.
A pesar de los siglos, esa relación no se ha perdido. Cuando la arquitectura moderna quiso liberarse de los estilos históricos, no renunció a la luz: la reinventó. Le Corbusier, por ejemplo, hablaba de la arquitectura como:
“el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz”.
Sus iglesias como Ronchamp o La Tourette hacen de la luz un elemento táctico y emocional. En Ronchamp, entra como haces dirigidos que cortan la masa interior. En La Tourette, aparece modulada, calculada, casi musical. Aúnn sin vidrieras góticas, la luz cenital sigue siendo lenguaje espiritual, pero ahora con formas ortogonales, carácteristicas de lo moderno.
En la era moderna, lejos de mostrarse como fría y racionalista, encontró en la luz una forma de recuperar la atmósfera. Mies van der Rohe, por ejemplo, la utiliza para desmaterializar los límites: los planos parecen flotar, las sombras suavizan los ángulos, el vidrio convierte el espacio en una transición continua. En la Casa Farnsworth, la luz no solo ilumina: es un elemento que borra fronteras, vuelve inestable la relación entre interior y exterior y hace que el espacio se experimente como algo siempre cambiante.
Esa capacidad de transformación se intensifica en prácticas contemporáneas donde la luz se convierte en materia casi física. Algunos artistas y arquitectos como James Turrell, Olafur Eliasson, o los mencionados United Visual Artists trabajan la luz como si fuera un volumen que puede ocupar, comprimir o expandir el espacio. En sus instalaciones, la luz deja de ser un medio para ver y se transforma en algo que se habita directamente. Esta exploración abre una pregunta relevante: ¿puede la arquitectura, al igual que el arte lumínico, moldear atmósferas sin depender tanto de la masa y el volumen?
Peter Zumthor responde afirmativamente desde la arquitectura construida. Sus Termas de Vals son un ejemplo paradigmático de cómo la luz puede volverse protagonista y no solo acompañante. Allí, la luz entra fragmentada, tamizada, vencida por la piedra. No solo revela las superficies: las altera, las reinterpreta. Las sombras se vuelven profundas y lentas, como si el edificio respirara con el visitante. La luz no solo ilumina las piscinas: construye la atmósfera térmica, la sensación de profundidad, la intimidad del silencio. Zumthor convierte la luz en materia emocional.
Pero su aportación más significativa es otra... la luz en Vals demuestra que la atmósfera no se diseña como un efecto, sino como una relación entre cuerpo, espacio y tiempo. La arquitectura deja de ser objeto y se vuelve experiencia. La luz cambia según la hora, la temporada, la neblina o el clima. Lo esencial no es la forma del edificio, sino la forma en que la luz lo atraviesa y lo revela. El visitante no solo ve el espacio, sino que lo siente.
Pensar la arquitectura desde la luz es también pensarla desde el cuerpo. El ojo necesita contraste para percibir; la piel siente la temperatura que la luz modifica; el oído registra cómo la reverberación cambia según la claridad del aire. La atmósfera surge cuando esos sentidos se activan simultáneamente. Y aunque la tecnología haya perfeccionado la capacidad de iluminar artificialmente, ninguna lámpara puede sustituir la complejidad con que la luz natural construye espacios y tiempos.
Natalia Sofía Paredes
Crítica de la arquitectura - Cuerpo y espacio
Escuela de Arquitectura y Urbanismo
2025_II
Me gusta que sintetizas la reflexión que se hizo al final del semestre respecto a la luz, de dejar de verla como un elemento físico y entenderla como un material de construcción con peso y densidad, tal como lo plantea Zumthor.
ResponderEliminarSobre los ejemplos que utilizas en las las Termas de Vals de Peter Zumthor me parece muy acertado que no describas la luz como algo visual, sino como térmico, que construye la atmósfera
Respecto a la imágen de Barozzi Veiga que utilizas, me parece una elección de ejemplo muy interesante para contrastar. Mientras que en las Termas de Vals, la luz es una cueva interior oscura y dramática, en la obra de Barozzi Veiga, la luz suele funcionar como una lámpara urbana o una piel translúcida.
Me gustaría complementar tu conclusión en la parte que dices que: “el ojo necesita contraste y ... la piel siente la temperatura" que resuena muchísimo con lo que vimos en la clase de Pallasmaa sobre la visión periférica y el rechazo a la imagen plana ya que, en tu texto se confirma que la luz, antes que vista, es sentida.