Noviembre - Catalina Gómez - Arquitectura de los sentidos

Las lecturas trabajadass en noviembre me llevaron a entender que, por ejemplo, la atención se centra especialmente en cómo percibimos ese espacio: qué vemos, qué dejamos de ver, qué sentimos y cómo la arquitectura puede intensificar o transformar esa percepción. La experiencia arquitectónica aparece así como algo complejo, donde los sentidos, la atmósfera y la relación con el entorno juegan un papel fundamental.

Con David Leatherbarrow comprendí que la arquitectura no se agota en su forma terminada. Su reflexión sobre las pruebas topográficas me hizo pensar en el vínculo profundo entre la arquitectura y el territorio. Los edificios no existen de manera aislada, sino que responden a un suelo, a una historia y a unas condiciones específicas. El cuerpo percibe estas relaciones de manera casi intuitiva: al caminar, al tocar los materiales o al sentir los cambios de nivel. Esto refuerza la idea de que la arquitectura se experimenta en movimiento y en relación constante con el lugar.

Gerhard Richter introduce una reflexión muy interesante sobre la profundidad, el desenfoque y la percepción marginal. Sus ideas me ayudaron a entender que no todo en la arquitectura debe ser claro, definido y completamente visible. Muchas veces percibimos los espacios de manera parcial, a través de lo que está fuera del centro de nuestra mirada. Los bordes, las sombras y lo que no se enfoca del todo también construyen la experiencia espacial. Esto me hizo reflexionar sobre cómo la arquitectura puede sugerir más de lo que muestra, dejando espacio para la imaginación y la interpretación personal.

Con David Chipperfield, especialmente a partir del proyecto de la Isla de los Museos en Berlín, aparece con fuerza la idea de reciprocidad colectiva. La arquitectura ya no se piensa solo para un individuo, sino para una comunidad. El espacio se convierte en un lugar de encuentro, donde el pasado y el presente dialogan. El cuerpo no recorre estos espacios de manera aislada, sino compartida, consciente de los otros cuerpos que lo rodean. Esto me hizo entender que la experiencia arquitectónica también es social y que el espacio público tiene un rol esencial en la construcción de la memoria colectiva.

La lectura de Juhani Pallasmaa fue una de las que más interesó. Su texto sobre los ojos de la piel plantea que la arquitectura no debe ser entendida solo desde la visión, sino desde todos los sentidos. El tacto, el sonido, el olor y la temperatura son fundamentales para experimentar un espacio. El cuerpo entero participa en la percepción. Esta idea me hizo reconsiderar cómo muchas arquitecturas contemporáneas se enfocan únicamente en lo visual, olvidando la dimensión sensorial que hace que un espacio se sienta realmente habitado.

Un ejemplo arquitectónico que se relaciona claramente con esta idea es la St. Ignatius Chapel de Steven Holl. En este proyecto, la luz se convierte en uno de los principales materiales de la arquitectura. Cada espacio tiene una atmósfera distinta, definida por la intensidad y el color de la luz, lo que afecta directamente la experiencia corporal. Al recorrer la capilla, el cuerpo percibe cambios sutiles que invitan al silencio, a la introspección y a una relación más consciente con el espacio. Aquí la arquitectura no se impone, sino que envuelve y acompaña la experiencia del usuario.

Albert Pérez Gómez refuerza esta mirada al hablar de la atenuación. Para él, la arquitectura no debe ser excesiva ni estridente, sino sugerente. Atenuar implica dejar espacio para la experiencia humana, permitir que el cuerpo se adapte y se apropie del lugar. Esta idea conecta con la comprensión de la arquitectura como un fondo que hace posible la vida, más que como un objeto que busca protagonismo.

Finalmente, las obras de Eliasson, McCall y Turrell amplían esta reflexión al trabajar directamente con atmósferas corporales. En sus instalaciones, el espacio se construye a partir de la luz, el color y la percepción. El cuerpo se convierte en el centro de la experiencia: al moverse, el espacio cambia; al detenerse, la percepción se transforma. Estas obras muestran de manera muy clara que el espacio no es algo fijo, sino una experiencia que se construye en el encuentro entre el cuerpo y el entorno.

En conclusión, entendí que la arquitectura no solo se habita, sino que se siente profundamente. La percepción, los sentidos y la atmósfera son elementos centrales para construir espacios significativos. El cuerpo no es un espectador pasivo, sino el protagonista de la experiencia arquitectónica. Esta mirada refuerza la idea de que proyectar arquitectura implica pensar en cómo los espacios afectan emocional y sensorialmente a quienes los viven, más allá de su forma o función.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Relación Cuerpo-Espacio: Fenomenología Vivida en la Arquitectura

EL CUERPO EN MOVIMIENTO, ESPACIO CONSTRUIDO.