NOVIEMBRE_LAURA HERRERA_ CUERPO, ESPACIO Y REPRESENTACIÓN: PERCEPCIÓN, LATENCIA Y RECONTRUCCIÓN DEL SENTIDO EN LA ARQUITECTURA CONTEMPORÁNEA.
Cuerpo, espacio y representación: percepción, latencia y reconstrucción del sentido en la arquitectura contemporánea.
Laura Valentina Herrera Buitrago.
La reflexión contemporánea sobre la arquitectura se ha desplazado de la obsesión moderna por el espacio como abstracción hacia una comprensión más profunda del cuerpo como mediador fundamental de la experiencia. Este giro, que el curso Cuerpo y Espacio propone rastrear desde Schmarsow hasta Leatherbarrow, implica reconocer que el espacio arquitectónico no es un dato objetivo, sino una construcción fenomenológica tejida por percepciones, ritmos corporales, topografías latentes y horizontes de sentido. En otras palabras, la arquitectura no configura únicamente lugares, sino que configura modos de estar en el mundo.
La intención es trazar un punto de encuentro entre estas perspectivas para pensar cómo, en ciertas obras arquitectónicas recientes, el cuerpo y la percepción recuperan un protagonismo silencioso que reconfigura nuestra relación con la historia, la materia y la memoria.
Como eje articulador se elige el Neues Museum de David Chipperfield (2009), una obra en la que el cuerpo, la topografía histórica y la latencia de la materia convergen para producir un espacio donde lo visible y lo invisible, lo antiguo y lo contemporáneo, dialogan bajo una noción expandida de representación. La lectura se complementa con aportes provenientes de la obra pictórica de Gerhard Richter, especialmente sus estrategias de blur y profundidades indeterminadas, así como con las exploraciones fenomenológicas de Steven Holl, cuya arquitectura de luz y sección constituye un puente con los intereses del curso.
El seminario parte de Schmarsow y su afirmación: la esencia de la arquitectura es la creación del espacio a partir del sentido corporal del espacio a partir del sentido corporal del espacio. Esta afirmación, lejos de ser una intuición aislada, constituye la semilla de una tradición fenomenológica que ha permeado buena parte del pensamiento arquitectónico del siglo XX.
Merleau-Ponty subraya que el cuerpo no es un objeto en el mundo, sino el lugar de apertura al mundo, el punto de cruce entre percepción y acción. No vemos “desde afuera”: vemos siempre desde el espesor de un cuerpo que anticipa, recuerda, se orienta y se inscribe en un horizonte. Patočka complementa esta idea al describir cómo el cuerpo configura ámbitos de interacción que definen comunidad, proximidad y mundo compartido.
El espacio arquitectónico, entonces, no es meramente tridimensional: es corpóreo, situacional y relacional. Su función no es solo alojar funciones, sino establecer marcos sensibles para la existencia humana.
Vesely describe la condición contemporánea como la era de la representación dividida, en la que la tecnificación ha separado visualización y experiencia, abstracción y percepción, representación y mundo. La arquitectura se ha vuelto proclive a producir imágenes autónomas, desligadas del cuerpo y de la profundidad histórica del lugar. Frente a esto, Vesely propone la noción de espacio comunicativo: un espacio donde tradición, percepción, símbolos, materiales y memoria encuentran un modo de aparecer conjunto. Esta idea se articula con la noción de latencia en Leatherbarrow, quien afirma que la topografía, entendida no como suelo físico, sino como potencial latente, como fondo que permite emerger lo visible, es “manifiestamente latente”. La arquitectura, cuando es capaz de revelar esta latencia, se convierte en un acto de mediación entre lo dado y lo construido, entre lo que aparece y lo que se oculta. Esta dimensión latente, casi silenciosa, resuena profundamente con la obra pictórica de Gerhard Richter, cuyos lienzos difuminados (blur) suspenden la nitidez visual para activar la percepción marginal, esa zona donde el ojo no ve pero intuye. El espacio arquitectónico posmoderno ha privilegiado la figura; Richter nos devuelve la importancia del fondo, de lo que vibra en el límite de la percepción.
Leatherbarrow propone entender arquitectura y paisaje como artes topográficas, no porque modelen el terreno, sino porque articulan un tipo especial de latencia:
• lo dado que no se muestra por completo,
• lo visible que esconde profundidad,
• lo presente que recuerda ausencias.
La topografía, en su visión, no es ni forma ni materialidad pura, sino un potencial activo que “invita, registra y recuerda” la praxis humana. Las superficies construidas acumulan tiempo, saturación, huellas; operan como cronologías silenciosas donde la memoria se hace corporal. Esta lectura es fundamental para comprender obras que operan desde la restauración, la reconstrucción o la reactivación de lugares cargados de historia, como el Neues Museum. Chipperfield no edifica sobre un vacío: trabaja con una topografía histórica, con ruinas que no son meros vestigios, sino potencialidades latentes.
El Neues Museum, ubicado en la Isla de los Museos de Berlín, constituye uno de los ejemplos más potentes de cómo la arquitectura contemporánea puede restituir significados sin caer en la mímesis ni en el espectáculo. El proyecto no busca borrar las cicatrices de la guerra, sino permitir que el cuerpo del visitante recorra un paisaje temporal estratificado. Cada muro, cada fisura, cada fragmento conservado se constituye en un espesor temporal que se hace presente en la caminata. Así, el espacio no se reduce a su forma contemporánea: es la suma de capas perceptivas donde el cuerpo reconstruye sentido. Al mantener muros históricos parcialmente destruidos, Chipperfield revela la latencia de la topografía del edificio: lo dado que permanecía oculto. La arquitectura no “añade” historia; más bien, la deja aparecer, tal como Leatherbarrow entiende la topografía como lo que se entrega de manera recesiva. La ruina, lejos de ser un vacío, es un fondo activo. Esta aproximación recuerda directamente la pintura de Richter:
• en sus obras, el blur deja que la imagen se vuelva memoria,
• en Chipperfield, la ruina —sin ser restaurada a su estado original— se vuelve condición perceptiva, no nostalgia.
Chipperfield no trabaja la luz como un efecto escenográfico, sino como un medio fenomenológico. La luz natural se filtra entre capas antiguas y nuevas, generando una condición perceptiva muy cercana al interés de Steven Holl: luz como material que orienta, como ritmo que estructura la experiencia. En el Neues Museum, la luz articula el cuerpo con el tiempo y con la materia, generando atmósferas donde la percepción siempre está en estado de descubrimiento.
El Neues Museum opera, como la pintura de Richter, por percepciones marginales: aquello que no se muestra explícitamente pero que influye en cómo habitamos el espacio. Vesely diría que aquí el espacio vuelve a ser comunicativo: se convierte en mediador entre lo visible y lo invisible. Patočka diría que el cuerpo encuentra un horizonte cargado de memoria común. Leatherbarrow afirmaría que la topografía histórica se hace manifiesta. Así, el proyecto no es un edificio “nuevo”: es un intersticio temporal donde el cuerpo recupera la capacidad de situarse.
La confluencia entre las ideas del curso y el ejemplo del Neues Museum permite afirmar que la arquitectura contemporánea, cuando se compromete con el cuerpo, la percepción y la latencia, puede reconstituir su sentido cultural sin caer en la nostalgia ni en la tecnificación abstracta. Tres claves emergen:
1) El cuerpo es el origen de toda espacialidad: sin él no hay orientación, ritmo ni horizonte.
2) La topografía latente: es un fondo activo que sostiene cualquier gesto arquitectónico significativo.
3) La representación contemporánea debe superar la división entre imagen y experiencia, integrando lo visible con lo que permanece recesivo o implícito.
El Neues Museum, en diálogo conceptual con Richter y Holl, ofrece una respuesta posible: una arquitectura donde el cuerpo recorre, revela y reconstruye; donde el espacio es un palimpsesto de tiempos; donde cada superficie es archivo y horizonte simultáneamente. Una arquitectura, en suma, que permite habitar el mundo, no solo observarlo.
El ensayo presenta con claridad cómo la discusión fenomenológica del curso encuentra un punto de condensación en el Neues Museum, especialmente al mostrar que la obra de Chipperfield no se limita a restaurar un edificio, sino a activar una topografía histórica que se vuelve perceptible solo a través del cuerpo. Resulta pertinente la manera en que se articulan las nociones de latencia, espesor temporal y percepción marginal, pues permiten entender el museo como un espacio donde la memoria aparece sin recurrir a la literalidad ni al gesto museográfico monumental.
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