Octubre - Catalina Gómez Gómez - Espacio, Percepción y experiencia

De las lecturas trabajadas en octubre entendí que la arquitectura ya no se presenta solo como espacio vivido, sino como un lenguaje que comunica, afecta y construye sentido.

Con Jan Patocka, entendí que el cuerpo no existe aislado, sino siempre en relación con un mundo compartido. El cuerpo se mueve, actúa y se expresa dentro de un espacio que es también social. El espacio no es únicamente físico, sino un ámbito de interacción humana. Esta idea me hizo pensar en cómo la arquitectura organiza encuentros, separaciones y relaciones entre personas. Los espacios que habitamos influyen directamente en cómo nos comportamos, cómo nos acercamos o nos alejamos de los otros. Desde esta perspectiva, la arquitectura tiene una responsabilidad clara en la forma en que se construye la vida colectiva.

Esta noción del cuerpo en relación con el otro se vuelve especialmente potente al leer a Jorge Oteiza. Su idea del vacío y de la “masa como ausencia” me resultó muy reveladora. Oteiza no entiende el vacío como una falta, sino como una presencia significativa. El vacío es lo que permite que algo ocurra; es el espacio donde el otro puede aparecer. Relacionándolo con la arquitectura, entendí que no todo debe ser lleno, ocupado o construido. A veces, es precisamente el vacío el que hace habitable un lugar y le da sentido. El silencio, la pausa y la ausencia también son formas de espacio.

En los textos de Álvaro Siza, esta relación entre espacio, cuerpo y percepción se vuelve más concreta a través de la experiencia arquitectónica. Sus fragmentos de horizonte y el proyecto de las Piscinas de Leça da Palmeira muestran una arquitectura que no se impone al entorno, sino que dialoga con él. El cuerpo descubre el espacio poco a poco, a través del recorrido, del descenso, del contacto con el viento, el sonido del mar y la textura de los materiales. El horizonte nunca se muestra por completo de inmediato: aparece fragmentado, obligando al cuerpo a moverse y a ajustar su mirada.

Las Piscinas de Leça funcionan como un ejemplo arquitectónico claro de los temas de octubre. El recorrido hacia el mar no es directo ni evidente. El cuerpo se desplaza, gira, desciende y se adapta al lugar. El espacio se vive de manera progresiva, y la arquitectura acompaña esa experiencia sin protagonismo excesivo. Aquí entendí que la arquitectura puede ser silenciosa y, aun así, muy poderosa. No busca llamar la atención, sino intensificar la experiencia del cuerpo en relación con el paisaje.

Con Dalibor Vesely, la lectura se enfoca en la percepción y en el espacio como un medio de comunicación. El espacio no solo se habita, también transmite significados. Existen diferentes capas de experiencia que se superponen: lo que vemos, lo que recordamos y lo que sentimos. La arquitectura, desde esta mirada, no es un mensaje cerrado, sino algo que se interpreta. Cada persona construye su propia experiencia del espacio, a partir de su cuerpo y su memoria. Esto me hizo entender que el espacio arquitectónico nunca es una experiencia única ni universal.

La obra de Antony Gormley refuerza esta idea al poner el cuerpo humano como medida directa del espacio. Sus esculturas, muchas veces reducidas a siluetas corporales, hacen evidente la relación entre cuerpo, vacío y entorno. El espacio se vuelve comprensible cuando el cuerpo lo ocupa o lo imagina. En sus obras, el cuerpo no es decorativo, es un punto de referencia que nos permite ubicarnos y reflexionar sobre nuestra propia presencia.

Finalmente, con Peter Zumthor, la experiencia sensorial adquiere una profundidad especial. En Las Termas de Vals, el cuerpo se sumerge en un espacio donde la luz, el sonido, la temperatura y los materiales construyen una atmósfera. No se trata solo de ver el espacio, sino de sentirlo con todos los sentidos. El recorrido es lento, casi introspectivo, y el cuerpo se convierte en el protagonista absoluto de la experiencia arquitectónica. Aquí entendí que la arquitectura también puede invitar al silencio, a la pausa y a la introspección.


Comentarios

  1. Me gusta cómo conectas en tu escrito a Patocka, Oteiza y Siza, con la idea central del curso, del cuerpo no como objeto, sino como sujeto que activa el espacio. Así mismo la interpretación del vacío en Oteiza como una presencia significativa.

    Ya que, dialoga con lo que vimos en la clase sobre Chillida y el "Peine del Viento". En ambas visiones, el artista no llena el espacio, sino que lo limita para hacerlo visible. Es como si el vacío fuera la materia prima real, y la piedra (o el acero) solo el borde que nos permite verlo.

    Concuerdo contigo cuando mencionas a Zumthor y las Termas de Vals, de cómo se pasa de la teoría abstracta a la experiencia pura de la piel. Como lo mencionas, la arquitectura ahí deja de ser retiniana (solo para los ojos) y se vuelve una experiencia de temperatura y sonido. Me recordó mucho a la clase donde se hablaba de la "atmósfera" como una presencia física, casi como si el edificio respirara con uno.

    Pregunta… Cuando hablas de Antony Gormley y el cuerpo como medida directa del espacio, ¿crees que esa medida es solo física o también emocional? Esta pregunta parte de la suposición de que la arquitectura debe ser un refugio emocional.

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