OCTUBRE_LAURA HERRERA_CUERPO, ESPACIO Y REPRESENTACIÓN: HACIA UNA COMPRENSIÓN FENOMENOLÓGICA CAOMUNICATIVA DE LA ARQUITECTURA.

Cuerpo, espacio y representación: hacia una comprensión fenomenológica y comunicativa de la arquitectura.

Laura Valentina Herrera Buitrago.

En el contexto contemporáneo, la arquitectura enfrenta una tensión profunda entre su dimensión técnica y su dimensión humana. Esta fractura que Dalibor Vesely denomina la era de la representación dividida, coincide con lo que Jan Patočka identifica como una pérdida del horizonte originario en el que el cuerpo comprende y constituye el espacio. Ambos autores coinciden en que el problema central de la arquitectura moderna y contemporánea no es meramente estético o estilístico, sino ontológico: hemos perdido la continuidad entre la experiencia vivida, la cultura compartida y las formas en que representamos y construimos el mundo.

A partir de sus reflexiones, este texto analiza cómo la arquitectura puede recuperar su rol como práctica comunicativa que integra cuerpo, percepción, memoria y mundo, superando la separación entre lo instrumental y lo significativo. Para ello, se propone leer el espacio arquitectónico como una articulación entre cuerpo, horizonte y representación, problematizando las lógicas productivas que dominan la arquitectura contemporánea y proponiendo una forma alternativa de pensar el diseño en la que el espacio vuelve a ser un medio de revelación y experiencia. El ejemplo de la Iglesia de la Luz de Tadao Ando se presenta como un caso en el cual la arquitectura encarna esta posibilidad.

Vesely sostiene que la modernidad introdujo una ruptura entre las formas tradicionales de representar el mundo y las nuevas lógicas instrumentales originadas en la ciencia y la tecnología. Esta fractura dio lugar a lo que él llama representación emancipada: formas de visualización y producción que se independizan de su contexto cultural, histórico y corporal, convirtiéndose en sistemas cerrados, abstractos y autosuficientes. En arquitectura, esta emancipación se expresa en la reducción del proyecto a un conjunto de criterios técnicos, formalizaciones geométricas, procesos productivos y simulaciones digitales, que operan al margen de la experiencia fenomenológica del espacio. En otras palabras, la arquitectura pasa de ser un medio comunicativo, capaz de articular situaciones humanas, símbolos compartidos y estructuras de sentido,  a convertirse en una operación técnica, en un producto más del aparato productivo moderno. Para Vesely, los edificios contemporáneos muchas veces “caen en el vacío” porque su representación no participa del mundo, sino que lo reemplaza: sustituyen la complejidad de la experiencia por una imagen autónoma, por un modelo que se basta a sí mismo.

Esta crítica resuena fuertemente con el diagnóstico de Patočka. Para él, la vida humana se comprende y organiza a partir del horizonte: un trasfondo dinámico donde el cuerpo se despliega, se orienta y reconoce su pertenencia al mundo. Cuando el horizonte se fragmenta por la tecnificación y la abstracción, el espacio deja de ser un campo de aparición y se convierte en un mero contenedor o superficie neutral. El ser humano deja de “habitar” para simplemente “estar ubicado”.

Así, lo que ambos autores denuncian es una pérdida del mundo de la vida (Lebenswelt): el espacio ya no se experimenta desde el cuerpo sensible, sino desde una racionalidad desarraigada que empobrece tanto la arquitectura como la experiencia humana que esta debería sostener.

Patočka plantea que el cuerpo no es un objeto dentro del espacio, sino la condición por la cual el espacio se abre, se orienta y adquiere sentido. El espacio es siempre espacio-para-un-cuerpo. Esta concepción desafía la idea cartesiana del espacio homogéneo y abstracto, defendiendo en su lugar un espacio que surge de la kinestesia, del movimiento, de la relación entre interioridad y exterioridad.

Vesely retoma esta perspectiva fenomenológica al afirmar que la arquitectura premoderna —desde el gótico hasta el barroco— comprendía el espacio como luminoso, simbólico, corporal y comunicativo. El espacio estaba conformado por “situaciones humanas típicas” más que por geometrías puras. Con la irrupción de la perspectiva renacentista y posteriormente de la ciencia moderna, este modo de espacialidad se reemplaza por un espacio matemático, cuantificado y despojado de su dimensión corporal. Ambos autores convergen en un punto fundamental: para recuperar la significación del espacio, es necesario volver a reconocer el papel constitutivo del cuerpo. El cuerpo no solo percibe, sino que actúa como mediador ontológico, como el lugar donde se vinculan representación, mundo e historia. La arquitectura, por tanto, debe entenderse como un modo de orientar, intensificar, desafiar o abrir la experiencia corporal, no como una mera organización geométrica de elementos.

Vesely propone la recuperación del concepto de espacio comunicativo, una noción que articula tradición, experiencia, memoria, imaginería y cultura, para contrarrestar la deriva instrumental de la arquitectura contemporánea. El espacio comunicativo permite que el proyecto arquitectónico vuelva a funcionar como un puente entre:

• lo visible y lo invisible,

• lo técnico y lo simbólico,

• lo individual y lo colectivo,

• o corporal y lo histórico.

Este espacio es muy cercano a lo que Patočka describe como el “campo de aparición” donde el cuerpo se abre a un mundo dotado de sentido. Vesely sostiene que la arquitectura debe recuperar su dimensión poética, entendida no como decorativismo o expresión subjetiva, sino como la capacidad de revelar significados latentes, de conectar elementos dispersos, de reintegrar fragmentos de experiencia bajo una misma continuidad. La poética, y no la técnica, es la condición necesaria para que la arquitectura vuelva a ser “fundamento topológico y corporal de la cultura”. En este sentido, la tarea de la arquitectura es restituir el mundo, rearticular las capas de realidad separadas por la tecnificación moderna, y permitir que la experiencia corporal vuelva a encontrar un horizonte significativo.

El Therme Vals constituye un ejemplo excepcional de cómo la arquitectura puede restituir la continuidad entre cuerpo, espacio y mundo, articulando lo técnico con lo poético.   




Zumthor construye el conjunto como una serie de “piedras habitables”: bloques de cuarcita local que evocan la geología del valle, creando un espacio donde el cuerpo se siente envuelto y no meramente contenido. La textura, la temperatura del material, la humedad y la resonancia acústica generan una experiencia altamente corporal, casi ancestral. El Therme Vals es un espacio de luces bajas, de reflejos acuáticos, de sombras que acompañan el desplazamiento. Tal como plantea Patočka, el horizonte aquí no es una línea distante, sino una condición perceptiva móvil: la luz que se filtra, el reflejo en el agua, la discontinuidad visual entre salas, todo sugiere un mundo en devenir que el cuerpo debe descubrir paso a paso. Zumthor no impone un discurso visual autónomo; el edificio no “representa” nada en términos iconográficos. Su significado emerge del recorrido, de la relación entre el cuerpo y la masa pétrea, de la temperatura del aire, del sonido amortiguado. Esto encarna de manera ejemplar la noción de espacio comunicativo de Vesely: la arquitectura no comunica a través de símbolos explícitos, sino mediante la experiencia corporal y sensorial que integra historia, lugar, materia y percepción.

Tanto Vesely como Patočka muestran que la arquitectura contemporánea enfrenta un desafío fundamental: superar la escisión entre representación técnica y experiencia humana. El camino no consiste en rechazar la modernidad, sino en reinscribirla en un marco fenomenológico donde el cuerpo recupere su lugar como fundamento del espacio. El Therme Vals demuestra que esta reconciliación es posible. Su arquitectura no se reduce a una imagen ni a un dispositivo técnico: es un acontecimiento corporal, un espacio donde la luz, la materia y el agua reconstituyen el horizonte del mundo vivido.


Comentarios

  1. Me parece muy interesante cómo el texto plantea que la arquitectura perdió su conexión con el cuerpo y la experiencia, y que hoy muchas veces se diseña más para la imagen o para la eficiencia técnica que para la vida real de las personas. Lo que mencionan Vesely y Patočka me hace pensar mucho en cómo, en general, vivimos en un mundo que prioriza lo rápido y lo medible, pero deja de lado lo sensible, lo que realmente sentimos cuando habitamos un espacio.

    Creo que esto no pasa solo en la arquitectura, pues también ocurre en la ciudad, en la forma en que planificamos, en cómo se construyen los espacios públicos e incluso en cómo consumimos imágenes sin realmente vivir los lugares. Por eso me gusta el ejemplo del Therme Vals, porque demuestra que sí se pueden crear espacios que nos conecten con algo más profundo, con el cuerpo, con la memoria, con lo que no se ve pero se siente.

    Ojalá la se volviera más a esto, diseñar desde la experiencia y no solo desde la representación.

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