Septiembre - Catalina Gómez Gómez - El cuerpo como origen de la arquitectura
Las lecturas trabajadas en el mes de septiembre me permitieron entender la arquitectura desde una perspectiva mucho más cercana al ser humano. A lo largo de los textos trabajados, se repite constantemente una idea que considero central: la arquitectura no puede reducirse a una técnica constructiva ni a una cuestión estética aislada, sino que está profundamente ligada al cuerpo y a la experiencia de habitar el espacio. Cada autor, desde su propio contexto, enfatiza que el espacio arquitectónico no existe de manera neutra, sino que cobra sentido únicamente cuando es vivido.
Desde la introducción con Giedion y Zevi comprendí que el espacio es uno de los elementos fundamentales para entender la arquitectura moderna. Sin embargo, este espacio no debe entenderse solo como algo medible u objetivo. Existen dimensiones del espacio que no pueden representarse completamente en planos o dibujos, porque pertenecen a la experiencia subjetiva de quien lo recorre. Aprender a “ver” la arquitectura implica mover el cuerpo, atravesar los espacios, sentir sus proporciones y dejar que la percepción se construya con el tiempo. Esta idea me resultó clave porque cambia la manera en que uno se aproxima a un edificio: no como un objeto terminado, sino como una experiencia en proceso.
La lectura de August Schmarsow reforzó esta reflexión al proponer que el espacio arquitectónico nace del cuerpo humano. Para él, la verticalidad del cuerpo, la dirección de la mirada y el movimiento son el punto de partida para organizar el espacio. El espacio no se impone al sujeto, sino que se construye desde su presencia. Esta idea me hizo pensar que la arquitectura no se diseña solo para ser vista, sino para ser habitada activamente. Cada cambio de altura, cada recorrido y cada límite espacial influyen en cómo nos orientamos y cómo nos sentimos dentro de un lugar.
Con Adolf Loos, y especialmente a través de la Villa Müller, entendí que el espacio se experimenta como una secuencia. No se trata de salas independientes, sino de una continuidad espacial que se descubre paso a paso. El recorrido se vuelve esencial, y el cuerpo es el que activa el espacio al desplazarse por él. Loos demuestra que la arquitectura puede ser contenida hacia el exterior y, al mismo tiempo, profundamente rica en su interior. Esto refuerza la idea de que la verdadera arquitectura ocurre donde se vive, no necesariamente donde se exhibe.
Maurice Merleau-Ponty aporta una reflexión más filosófica, pero muy clara, al plantear que el cuerpo es el medio a través del cual conocemos el mundo. No somos observadores externos del espacio, sino participantes activos. Relacionar esta idea con la obra de Le Corbusier, en particular con la Villa Savoye, me permitió entender cómo la arquitectura puede guiar el movimiento del cuerpo y la percepción del entorno. La rampa, las ventanas horizontales y la relación entre suelo y cielo hacen que el espacio se experimente de manera continua, casi como un recorrido corporal pensado con antelación.
En esta villa, el ejemplo arquitectónico se vuelve evidente: el espacio no se entiende desde un solo punto de vista. Al caminar, ascender por la rampa y recorrer la casa, el cuerpo descubre distintas relaciones con la luz, el paisaje y las proporciones. El edificio obliga a moverse y, con ese movimiento, el espacio adquiere sentido. No es una arquitectura para ser contemplada de forma estática, sino para ser recorrida. Esto conecta directamente con las ideas de Schmarsow y Merleau-Ponty, donde el cuerpo es el origen de la experiencia espacial.
Por su parte, Martin Heidegger introduce la noción de que construir solo tiene sentido en relación con habitar. Habitar no es simplemente ocupar un espacio, sino establecer una relación profunda con el lugar. Construir, desde esta mirada, es una forma de situarse en el mundo. Esta idea me hizo reflexionar sobre la responsabilidad de la arquitectura: no se trata solo de resolver funciones, sino de crear lugares donde la vida pueda desarrollarse con sentido.
La obra de Eduardo Chillida complementa esta reflexión desde el arte, mostrando cómo el espacio también puede entenderse a través de la escala, el vacío y la relación con el horizonte. Sus obras no se imponen al cuerpo, sino que invitan a recorrerlas y a sentir el espacio a través del movimiento y la percepción. Aunque no son edificios habitables, permiten comprender cómo el cuerpo es esencial para experimentar el espacio.
En conclusión, estos textos trabajados en semptiembre me permitieron comprender que la arquitectura es una experiencia vivida antes que un objeto construido. El cuerpo es el punto de partida del espacio y el habitar es lo que le da verdadero significado. A través de los autores trabajados y del ejemplo arquitectónico de la Villa Savoye, entendí que proyectar arquitectura implica pensar en cómo las personas se mueven, sienten y se relacionan con el espacio.
El texto se destaca por construir una lectura continua donde las ideas de autores convergen en una sola tesis: la arquitectura solo adquiere significado cuando el cuerpo la activa. Esa capacidad de hilación es uno de los mayores aciertos del ensayo, porque no se limita a resumir a cada autor, sino que los hace dialogar de forma fluida a través de un mismo hilo conductor: la experiencia vivida. Además, la elección de la Villa Savoye funciona como un punto de apoyo que vuelve concretas las nociones teóricas, mostrando cómo conceptos como recorrido, orientación o percepción corporal se materializan en un ejemplo preciso.
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