Noviembre - Sensación, percepción y resonancia
Andrés Rodríguez Navarro
Tal como lo hemos venido analizando, la directa relación entre arquitectura y experiencia se vuelve más evidente cuando el espacio deja de entenderse como un contenedor y comienza a percibirse como un proceso natural del humano. No es tanto la forma lo que define la calidad de un proyecto sino la manera en que este consigue activar las sensaciones tras la presencia del habitante, ya sea mediante la atención al lugar, la ambigüedad a la hora de percibir, la atmósfera o la memoria colectiva. De esta forma, los ideales de los autores analizados permiten trazar un recorrido en el que cada uno aporta una lectura distinta sobre la manera en que el espacio adquiere sentido.
En los planteamientos de David Leatherbarrow por ejemplo, la arquitectura
parte completamente del territorio. No se trata de modificar la topografía para
adaptarla a la arquitectura impuesta, sino de comprenderla como un sistema
activo que condiciona la experiencia y todo el proyecto. Sus reflexiones
concluyen que un proyecto encuentra su fuerza cuando asume la complejidad del
sitio y la transforma en un orden espacial que acompaña al cuerpo como parte de
la experiencia que la arquitectura dispone. Bajo esta lógica, el lugar no es un
telón sino un componente que determina completamente a la arquitectura y como
consecuencia a la experiencia del usuario.
Por otro lado, Gerhard Richter introduce un enfoque que guía la atención
desde el territorio hacia la percepción. El desenfoque como recurso visual
llevado a la arquitectura, evidencia que lo perceptible nunca es completamente
estable. A diferencia de la premisa sobre la topografía según Leatherbarrow,
Richter se mueve entre lo visible y lo sugerido, recordando que la arquitectura
también puede operar en un área de sombras, brillos, reflejos y zonas ambiguas en
donde la mirada no capta la totalidad de las características, pero algunas de
ellas son reconocibles. Su aporte abre la posibilidad de entender el espacio
como un fenómeno fluctuante.
David Chipperfield, en cambio se vuelve más contundente al relacionar
arquitectura y estructura urbana. No se enfoca en la incertidumbre de la
percepción como lo hace Richter ni en la adaptación al territorio como lo hace Leatherbarrow.
Su preocupación se basa en la continuidad histórica y a la responsabilidad del
proyecto dentro del contexto colectivo. En intervenciones como la Isla de los
Museos lo importante no es la intensidad sensorial sino la manera en que el
edificio establece acuerdos con la memoria urbana, las instituciones y el uso
público. Según él, la experiencia se forma desde la disciplina, la mesura y la
capacidad del proyecto para sostener vínculos entre pasado y presente mostrando
un recorrido histórico.
Otro ideal que en este caso se relaciona con Schmarsow, es el de Juhanni
Pallasmaa, quien introduce luego una ruptura significativa frente a otra visión.
A diferencia del enfoque racional y contenido como el de Chipperfield,
Pallasmaa insiste en que la arquitectura solo se comprende si se incorpora la
totalidad del cuerpo. Su crítica a la hegemonía de la visión reivindica una
sensibilidad más amplia con superficies que se sienten, ecos que acompañan el
recorrido y aportan mucha sensibilidad en términos sonoros, percepción por
medio de olores. Este “tacto” sensorial controlado, permite reconocer que el
espacio no se limita a lo que se ve, se construye en capas que se perciben de
forma simultánea.
Alberto Pérez-Gómez plantea
otra orientación. Su interés se desplaza hacia la dimensión simbólica y poética
del habitar. A diferencia de Holl, que estructura la experiencia desde un
principio perceptivo, Pérez-Gómez sostiene que la arquitectura debe propiciar
una resonancia interior, una especie de sintonía entre individuo y mundo. El
espacio adquiere sentido cuando ayuda a interpretar la realidad, no solo cuando
organiza percepciones. Desde esta mirada, un proyecto no se reduce a su
fenomenología, sino que participa en un horizonte cultural más profundo.
En contraste con esta especie
de carga simbólica, las exploraciones de Eliasson, McCall y Turrell radicalizan
el papel de la percepción y las lleva al límite. Sus intervenciones demuestran
que el espacio puede generarse casi exclusivamente desde la luz, el color y la
atmósfera. Aquí la arquitectura en términos generales se disuelve o por lo
menos se vuelve secundaria, esto permite abrir paso a experiencias donde el
cuerpo se enfrenta a fenómenos que no necesitan materia para configurar lugar.
El espacio está hecho de fenómenos moldeados con intención, fenómenos como el
aire, la densidad lumínica, vibración cromática. Lo sensorial ya no acompaña la
obra, la obra es lo sensorial. Algo así sucede en la St. Ignatius Chapel.
Estas perspectivas, aunque divergen
entre ellas, permiten reconocer que la arquitectura se define en el encuentro
entre percepción, territorio, memoria y atmósfera. Es algo un poco más profundo
de lo que aparentemente es. En ese conjunto de ideales, la arquitectura deja de
ser un objeto cerrado y se convierte en un campo donde el significado se
construye en tiempo real, cada vez que alguien lo experimenta, siendo este un
fenómeno único para cada usuario, pero que por medio de influencias moldeando los
elementos naturales se desarrollan intenciones para la experimentación del
usuario en común.
Referencias Bibliográficas:
- Leatherbarrow, D. (2004). Premisas topográficas.
- Richter, G. (2000–2020). Profundidad, desenfoque y percepción marginal.
- Chipperfield, D. (2000–2010). Campos de reciprocidad colectiva: Berlín y la Isla de los Museos.
- Pallasmaa, J. (2012). Los ojos de la piel: La arquitectura y los sentidos. Wiley.
- Holl, S. (1997). St. Ignatius Chapel.
- Pérez-Gómez, A. (2015). Attunement: Architectural meaning after the crisis of modern science. MIT Press.
- Eliasson, Ó., McCall, A., & Turrell, J. (1976–2020). Atmósferas corporales.
Estoy completamente de acuerdo con la manera en que planteas la relación entre arquitectura y experiencia como un proceso que supera la simple condición de “contenedor”. Me parece interesante cómo articulas las distintas posturas de los autores para mostrar que la arquitectura no se valida únicamente por su forma, sino por la capacidad que tiene de activar percepciones, memorias y modos de estar en el mundo. Este texto en el que incluyes territorio, percepción, cuerpo, historia y atmósfera, permite entender la arquitectura como un campo complejo y dinámico.
ResponderEliminarEstoy de acuerdco con las ideas expuestas en ek textoo, ya que ofreces un recorrido claro y bien estructurado sobre distintas aproximaciones a la experiencia arquitectónica. Su principal fortaleza es mostrar cómo cada autor desplaza el foco desde la forma hacia la relación entre cuerpo, percepción y lugar.
ResponderEliminarSobre Leatherbarrow el texto es preciso al destacar que el territorio no es un fondo pasivo, sino un agente que organiza la experiencia. El contraste con Richter introduce con acierto la dimensión de la percepción inestable, evidenciando que el espacio también se construye en la ambigüedad de lo visible. En este punto, la incorporación de Chipperfield amplía la discusión hacia la memoria urbana y la responsabilidad cultural del proyecto, lo que añade profundidad al análisis. Finalmente, la referencia a Eliasson, McCall y Turrell muestra el extremo donde la arquitectura se reduce casi a fenómeno puro, subrayando el papel de la luz y la atmósfera.
En el texto, logras articular estas perspectivas diversas para señalar que la arquitectura se define en la interacción entre percepción, territorio y memoria. La síntesis es sólida y conduce a una conclusión importante: el sentido del espacio emerge siempre en el encuentro entre el usuario y el mundo que la arquitectura hace posible.